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                                         Si  no te  gusta  arriesgar

               no  te aventures  con el  poder  de la  ACCIÓN

UNA NECESIDAD HUMANA SOCIALMENTE REPRIMIDA

  • 18 may 2020
  • 12 Min. de lectura

Vivir en este tiempo, toda esta historia del confinamiento, de alguna manera me ha llevado a la década de los 70, cuando era estudiante universitaria en Madrid. En la forma y en los efectos -salvando las distancias- podría decirse que se dan en estos tiempos de ahora momentos bastante parecidos a los de entonces. El miedo en aquella época lo teníamos incrustado hasta la médula y el nivel de “contagio” social del mismo era espectacular. Aquello era un miedo pandémico, institucionalizado, y la clandestinidad (símil de confinamiento) fue el recurso social relacional durante años. En la calle no se permitía estar más de 3 personas juntas… En fin, dejemos las comparaciones en las formas. Vayamos a los efectos de ese estado de sometimiento, sea la época que sea.

En mis años de estudiante en Madrid siempre estaba enferma. Y no era yo sola, mucha gente joven de mi entorno vivía también aquejada de dolencias múltiples. Mucho tiempo después fue cuando empecé a darme cuenta como todo ese miedo, rabia, tristeza e impotencia, que habíamos estado tragando de continuo tanto tiempo, habían dejado sus huellas en nuestros doloridos cuerpos. A mí, por ejemplo, me diagnosticaron insuficiencia hepática y artritismo, con apenas 22-23 años. Me trataba con naturopatía y homeopatía. El médico homeópata al que acudía cada 2-3 meses a revisión, uno de los mejores en aquel entonces en Madrid, en una de las últimas consultas que tuve con él me dijo muy seriamente: “Mire, Lucía, o usted echa por la boca todo lo que viene tragando, o nunca se curará de esa insuficiencia hepática”. Esta frase fue para mí el pistoletazo de salida para empezar a buscar la manera de pasar a la acción y asumir mi poder personal. Al poco tiempo me fui de cabeza a terapia con una psicóloga, muy cañera. Poco a poco fui descubriendo y encajando las piezas del puzle de lo psicológico con las manifestaciones físicas: mi rabia en relación con mi insuficiencia hepática, mis incrustados temores convertidos en manifestaciones artríticas en relación con mis riñones… Era evidente que respirar de continuo aquel estado de miedo y rabia contenida me pudo, porque enganchó con un estado mío de culpa familiar latente, que propicio que mi autoestima se desmoronara y creara mis enfermedades.

Pues bien, supongo que en el sentido de las repercusiones psicofísicas se nos puede hacer obvia la similitud de esta situación actual con la de épocas pretéritas ya que ambas despiertan viejos resortes instalados en la memoria de nuestro inconsciente colectivo. Parece ser que cuanto más al norte nos vamos en las coordenadas geográficas, a países que no han sufrido historias de tanto “confinamiento mental” (léase dictaduras), las cosas se viven con una objetividad quizás más fría, menos apocalíptica diríamos, y por tanto menos susceptible de enfermar, por ejemplo, de supuestos contagios. Sinceramente, a estas alturas, en un planeta donde al día mueren una media de 18.000 niños/as de hambruna, sin contar las muertes por guerras, otras epidemias más gordas pero que no son la de moda, etc., no me interesa si una persona se enferma de un virus o del miedo enquistado en su cuerpo, aunque lo más probable es que enferme de ambos, porque una cosa lleva a la otra. La Ley física de Causa y Efecto: lo que cada cual piensa eso es lo que recibe, dicho de otra forma, “lo que siembro eso recojo”. Mucha negatividad hemos sembrado ahí afuera a todos los niveles, como para “irnos de rositas”... O sea, hemos contribuido de una forma u otra al mundo que tenemos. Tampoco me interesa convencer a nadie para que se enfoque de una manera más positiva en la vida. Soy plenamente respetuosa con los procesos personales, creencias y ritmos de cada cual. De la misma forma que deseo ser respetada y respeto los míos. Cada persona es única en todo. Así que realmente lo que me lleva a compartir mis conocimientos y experiencias es mi compromiso con toda la vida, léase también de paso: gratitud, sin expectativas de nada. Solo me interesa seguir el dictado de adonde me lleve el corazón.

Para enfocar de forma gráfica la comprensión de cuál pueda ser pues esa necesidad humana socialmente reprimida desde siglos, en primer lugar les comento brevemente mis felices sensaciones del día que descubrí mi pasión, el propósito de mi vida. El texto que sigue está extraído del prólogo de mi libro “Teatro para la vida”.

“La verdad es que todo lo significativo en mi vida lo he ido descubriendo (o despertando) a “golpe de estornudos”. Alguien soltó una vez esta expresión en mi presencia y yo me la adjudiqué, me retrataba muy bien. (…) Descubrir a los 28 años de edad mi gran pasión: el teatro, fue uno de aquellos inesperados “estornudos”. Éste se lo debo a una gran amiga, actriz. Por aquel entonces había terminado mis estudios de sociología y comenzaba a sentirme con el síndrome de abstinencia de estudios, así que esta amiga me sugirió (era el otoño del 78), que aprovechara a meterme en unos cursos formativos de Arte Dramático que se iban a empezar a impartir en la Sala Olimpia (de Madrid). Al año siguiente, esta Sala pasaría a convertirse en el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas (CNNTE), donde se podía ir estudiando por módulos. Mi inmediata reacción fue de rechazo a su idea. La sociología había anclado en mí una imagen que no se casaba con la vida de la farándula. Aun así aquella noche no pegué ojo. No podía dejar de rumiar la idea... hasta que, por el lado de retarme a mí misma (…), acepté probar. Tengo que decir que desde la primera sesión salí felizmente rendida a lo que acababa de descubrir como mi verdadera vocación. (…) Había encontrado la horma de mi zapato y me lamentaba que no hubiera sucedido mucho antes. Encontrarme con el teatro para una mujer como yo, en la bastante dura España de la transición democrática con sus viejos patrones incrustados en la gente, fue descubrir una vía y un espacio de tanta apertura a todas las posibilidades de expresión, comunicación y acción, que fue un gran y jubiloso ¡EUREKA!, aunque era consciente que en principio sería para vivirlo de puertas adentro. Fue algo así como descubrir la senda de la ansiada liberación. (…) Todo lo cual le brindaba a mi espíritu una libertad mucho más completa en la exploración práctica de un territorio tan inagotable como es el de la vida humana.”

A tenor de lo comentado, podría decirse que esa necesidad reprimida giraría en torno al hecho de experimentar la libertad de expresión y comunicación, que por supuesto también, pero el tema es más radical, va más allá. La cuestión es la de experimentar y sentir la libertad de acción. No de que alguien me lo cuente, sino vivirlo en primera persona. Realmente es vital y excitante, sentirse capaz de accionar en cualquier situación de forma libre, espontánea y creativa. Al margen del trasfondo terapéutico de liberación interior y empoderamiento al que te va abocando la acción asumida intencionadamente. Esto es lo que se conoce como el “veneno” del Teatro.

¿Qué es pues acción? Como una imagen vale más que mil palabras, resumiremos el tema con el ejemplo de cuando estudiábamos gramática: acción es verbo. Cualquier verbo que se nos antoje ya sean activos: caminar, cantar, trabajar, etc., y/o pasivos: dormir, sentarse, escuchar, etc. Evidentemente hay acciones (verbos) que engloban a otras, por ejemplo: caminar cantando, sentarse a escuchar, etc. Lo que de forma natural encadena acciones. Sin embargo, cada verbo define en sí mismo los límites de su acción, podemos saber muy bien cuándo empieza y cuándo termina. Ahora veamos lo que acompaña al verbo. Las otras dos partes de la oración: sujeto y predicado.

En cuanto al “sujeto”, sea persona, animal, o cosa, el término hace referencia a un poder. Alguien o algo (una fuerza) se pone en movimiento para realizar algo. Esto es muy importante, ya que nos pone de relieve que la capacidad de actuar de quien realiza la acción entraña poder. En el caso de una persona que habla, por ejemplo, más que en sus palabras la fuerza de su acción reside en la forma de hablar: sus gestos, movimientos, ritmo y entonación, que son los que harán mucho más elocuente su discurso definiendo mejor el uso de su poder a través de la acción que realiza, el habla.

En cuanto al “predicado”, el cómo se realiza la acción, también deja entrever el nivel de poder de cada cual. Sin embargo, aunque aquí puede haber para todos los gustos, es donde empezamos a ver patrones de acciones cotidianas rutinarias y repetitivas a todos los niveles. Cierto que cada persona es un mundo, pero a nivel de cotidianeidad cuesta a menudo descubrir la peculiar aportación de cada ser humano a través de sus acciones en un mundo tan estereotipado como el nuestro. Por lo demás, volviendo al término acción, hay otras tantas palabras que derivan de este término, como acto, actuar, actualidad, actividad… pero todas tienen en común la connotación de conexión a situaciones que se manifiestan en el presente.

Veamos ahora qué sucede con la acción en el plano de la realidad social. La acción (o acciones), esa materialización del poder de las personas, es algo perfectamente codificado, estereotipado y controlado en nuestra sociedad. Entre otras cosas, nuestro sistema de vida social continúa vigente gracias a esa repetición rutinaria (hasta el infinito) de todo un común denominador de acciones que componen la vida en sociedad. Acciones que, por su propia inercia repetitiva, se vacían de significación y convierten al sujeto en objeto, en un dato, un número más. Se hacen las cosas porque se tienen que hacer para seguir con el engranaje de la vida. Por tanto, no hay clara intención. No hay en términos generales, placer o excitación en lo que realizamos, sólo pura rutina que creemos obligatoria. No suele darse una implicación integral de la persona, al margen de que ese engranaje rutinario no deja de ser un determinante generador de identidad que enraíza creencias de fondo. Expresiones como: “así me lo aprendí yo” que luego se rematan con el consabido “yo soy así”, ya termina de exponernos como la repetición de actos te generan identidad y creencias. Además, nuestra sociedad también ha institucionalizado –como no- esos momentos semanales de paréntesis para el desahogo y para la ilusión de libertad de acción. Para eso tenemos los fines de semana, fiestas, o vacaciones. De tal forma que si ese paréntesis no se verifica como extraordinario, apasionante y excitante, la sensación final será el disgusto, la insatisfacción y la queja. Nuestra vida está así fraccionada, nuestra visión del tiempo y del espacio es discontinua e inflexible. Por esta razón, no esperamos nunca que fuera de las coordenadas establecidas de tiempos/espacios se pueda dar nada excepcional, por ejemplo, en el entorno laboral.

En una sociedad como la nuestra, pareciera que los actos libres y auténticos no tienen nunca más ocasión de producirse. En definitiva, nada puede o debe mínimamente alterar la marcha de esta “gigantesca noria”. En cuanto a las acciones, por lógica de su inercia repetitiva, el sistema niega toda posibilidad a lo imprevisto, así puede tener la seguridad de que nada escape a su control ni altere su orden. Sin embargo, paradójicamente éste necesita de continuo de una cierta cantidad de cosas, formas e ideas nuevas para poder mantener vigentes los circuitos ilusionistas del consumo, sobre los que se fundamenta nuestra sociedad. Cabría preguntarse ¿cómo puede haber creatividad donde no hay derecho a lo imprevisible? La creatividad se alimenta de buenas dosis de experimentación y riesgo. Además, el punto de partida para despertar la imaginación creativa es mantener una actitud abierta y una mente despierta, lo que de por sí conduce a un buen entrenamiento en la capacidad de improvisar. Una mente creativa tiene que ser capaz de integrar todo esto en su vida cotidiana a todos los niveles, no solo los fines de semana. Por ejemplo, fregar los platos podría convertirse en una tarea realizada como obra de arte y escapar de esa visión servilista y rutinaria de las acciones cotidianas.

Sin embargo, la vida social se convierte en un gran artificio que despoja de valor las acciones, un gran simulacro, girando imparable en esa gran noria rutinaria solo porque sí. Y simular es abiertamente falso y dañino, la gente llega a creerse sus falsedades, no podemos imaginarnos hasta qué punto engordamos falsas creencias, con las apariencias de vida que sostenemos.

“Disimular es fingir no tener lo que se tiene. Simular es fingir tener lo que no se tiene. Lo uno remite a una presencia, lo otro a una ausencia. Pero la cuestión es más complicada, puesto que simular no es fingir. ‘Aquel que finge una enfermedad (disimula) puede sencillamente meterse en cama y hacer creer que está enfermo. Aquel que simula un enfermedad aparenta tener algunos síntomas de ella’ (Emile Littré). Así pues, fingir o disimular, deja intacto el principio de realidad: hay una diferencia clara, sólo que enmascarada. Por su parte la simulación vuelve a cuestionar la diferencia de lo ‘verdadero’ y de lo ‘falso’, de lo ‘real’ y de lo ‘imaginario’. El que simula, ¿está o no está enfermo contando con que ostenta ‘verdaderos’ síntomas?...” (Jean Baudrillard, “Cultura y Simulacro”).

A este respecto nuestra sociedad de simulacros ha originado, por ejemplo, su símil en el terreno de la salud: lo psicosomático. Medicina y psicología se encuentran aquí con una enorme barrera y grandes retos ante lo cual su personal facultativo se ve con frecuencia navegando en aguas turbias que les hacen cuestionarse cada vez más el principio mismo de enfermedad.

La pérdida del sentido de “realidad originaria” (Salvador Pániker) es un generador continuo del sentimiento de angustia, ansiedad y/o frustración, muy común en nuestros días. A pesar de la supuesta seguridad del automatismo reproductivo del sistema sin que quepa casi lugar a lo imprevisto, la gente se siente insegura, con una gran pérdida de autoestima, cosa que parcialmente se parchea y contrarresta, por ejemplo, con el narcisismo, en una búsqueda incesante de conexión con un origen... “Se percibe en el ambiente una permanente demanda de consuelo, aprobación, una paradójica necesidad de apoyarse unos en otros, a sabiendas de que las demás personas van a aportar muy poca cosa.” Estamos cada vez más informados/as pero con menos comunicación real, léase conexión. “De ahí esa proliferación desorbitada de ‘negocios de soledad’ dedicados a la producción en aislado de todo lo que de excitante se pueda vender: contactos, compañías, relación, sexo…” (Salvador Pániker).

Por lo demás, estos estados de represión latente pueden llegar a suscitar (y suscitan) respuestas violentas. Se trata de la necesidad de romper con el encadenamiento de acciones rutinarias obligatorias, sin sentido, en la insaciable búsqueda de acciones originales y con el propio sello. Es esa necesidad de aferrarse a lo ideal, a lo espontáneo y originario. El enajenamiento es tal que aprendemos muy temprano a que nos digan siempre lo que tenemos que hacer y cómo, a escurrir el bulto de la responsabilidad, a que la culpa no es mía, a quejarnos de todo, a sentirnos víctimas, a que alguien de ahí afuera nos salve, etc. A nivel individual a lo largo de la vida esto genera un resorte interior perfectamente instalado de continua insatisfacción. Y a nivel externo, en la sociedad -espejo de las colectividades-, se respira y transpira esa inmensa espiral siempre creciente de quejas, agravios y conflictos, cuando no violencia pura y dura. Los ministerios de justicia en todas partes, por ejemplo, son una marmotrética y monstruosa maquinaria que nunca da abasto; y que al mismo tiempo que se convierten en el lugar, por excelencia, del simulacro y la retórica. No es de extrañar que esto sea un terreno disponible y preparado para cualquier acción violenta y/o declaración guerra. En otro orden de cosas, esa socialización y culturización que hemos tenido de rebaño, sumiso, reprimido y devoto del sistema, más allá de la insatisfacción social cuasi congénita, es caldo de cultivo por último, para una gran cantidad de tentativas totalitarias, vengan por el lado que vengan. Por ejemplo, una pandemia podría convertirse en una tentativa totalitaria camuflada. Puede encerrar una dinámica represiva similar a la de la manifestación de numerosos focos bélicos por doquier.

Volviendo al nivel individual, la gran aspiración (consciente o inconsciente) es un contacto, un hacer real y genuino, una búsqueda de placer con lo que se hace y en la relación con las demás personas. Es ahí cuando el entusiasmo, la plena satisfacción y alegría de vivir, nos embarga. En definitiva, la autoestima aumenta.

Por lo general sucede que por la socialización recibida carecemos de ese buen nivel de autoestima y habilidades de auto-confianza y autonomía. Hemos interiorizado fielmente las pautas de nuestro sistema social dependiente. En este caldo de cultivo las emociones biológicas básicas, motor de estímulo y crecimiento del individuo, son sistemáticamente reprimidas y/o desviadas, o reconvertidas en emociones socioculturales supletorias. Al llegar a la edad adulta se vuelve habitual el padecer síntomas depresivos, donde la persona está muy perdida y tiene que hacer un trabajo más bien largo de vuelta al origen; o sea, al reconocimiento, aceptación y escucha interior de sus acalladas emociones y de su ser esencial. Al mismo tiempo, como no se entiende y se desconoce el propio cuerpo, ya que el tema salud se deja siempre en manos de otras personas facultativas, se entra fácilmente en la espiral de la enfermedad. Este mismo nivel de dependencia se repite con todo: la educación, el trabajo, la familia, etc. El individuo ha interiorizado su “riesgo de muerte”, por ejemplo, si el sistema no lo cuida. Se han hecho experimentos por activa y por pasiva, que confirman esas recalcitrantes creencias colectivas a todos los niveles. Tal es el poder de las creencias socialmente institucionalizadas a través de los actos repetitivos.

Ésta es una gran baza social para el mantenimiento de nuestro sistema: formalmente tenemos derecho a la libertad de expresión, pero no a la libertad de acción. Personalmente jamás he oído reivindicar libertad de acción. No hemos desarrollado habilidades en este sentido, han estado fuera de nuestro alcance. Desde nuestra más tierna infancia, vamos interiorizando todo el elenco de acciones correctas, deseables y encomiables, para convertirnos en personas ejemplares. Las acciones, que son esa manifestación más clara del poder de la persona, están ya perfectamente condicionadas y definidas en la socialización. Cabría preguntarse: ¿por qué hay derecho a la libertad de expresión y no a la libertad de acción? Aquí está el “quid” de la cuestión. El individuo cuando se manifiesta a través del lenguaje hablado por lo general se desinfla, “se le va la fuerza por la boca”... como se suele decir. Por el contrario, cuando una persona actúa (y además mide sus palabras) por lo general sucede todo lo contrario: se hincha. Comprueba su capacidad, su poder de actuar. Si a esto se añade intencionalidad, propósito y una actitud despierta de atención y responsabilidad, el resultado final es que la persona se llena de energía y de una potente autoestima. Hoy día hay mucha bibliografía y material audiovisual que nos puede ayudar a enfocarnos en lo apasionante de una vida desde el corazón, llena de propósito, de acciones intencionadas, vivas y sentidas. Y por ende, en sus beneficiosas consecuencias individual y colectivamente.

 
 
 

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