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La intuición como camino

  • 6 dic 2019
  • 9 Min. de lectura

El otoño nunca se ha andado por las ramas, más bien las desnuda. Y no es que invite a esa “desnudez” sino que la impone. Cuando llega esta estación se ha cumplido un ciclo vital en la Naturaleza y la energía comienza a replegarse hacia el interior, cae hacia la Tierra, como recogiéndose en gestación para preparar un nuevo ciclo. Se impone pues un viaje hacia dentro, también para el ser humano, hecho a imagen y semejanza de la Naturaleza. Y en este otoño en particular podría decirse que ese viaje hacia el interior es, sí o sí, de obligado cumplimiento.

Sabemos que cada Estación de la Naturaleza es gobernada por uno de los Elementos, que a su vez va promoviendo los cambios hacia la siguiente Estación. Según el Tao y otras filosofías orientales, el otoño está gobernado por el Metal/Mineral, por tanto es la estación propicia no solo para recolectar lo cosechado en el ciclo anterior, sino también para la transformación. La energía del Elemento Metal nos ayuda a cortar con lo viejo que ya ha cumplido su función, que ya no nos sirve, pero además como metal representa la alquimia y nos ayuda a enfocarnos en los cambios.

En este sentido, estamos viviendo un otoño intensamente cortante, “no deja títere con cabeza”, hasta incluso la primavera Austral se comporta como un otoño revuelto e igualmente cortante exponiendo verdades… Se respira de fondo además otra característica muy del otoño y de éste más en particular. Aunque miles de personas se manifiesten por doquier como un solo cuerpo, aireando todo lo que clama transformación, nos sentimos más que nunca como esos árboles otoñales totalmente desnudos y solos, a la intemperie… Sin embargo, siguiendo con la metáfora arbórea, más allá de esa soledad aparente, la verdadera y esencial unión con todo siempre está, aunque no se vea porque está bajo tierra: son las raíces, de las que nos hemos alejado tanto en nuestro viaje vital que nos resultan a menudo tremendamente desconocidas.

En esta solo aparentemente desnuda soledad en que nos encontramos la tendencia por inercia casi siempre es aferrarse a algo, o a alguien, como tabla de salvación, llámese trabajo, familia, terapias, relaciones, medicamentos, etc. Pero en el fondo y en la superficie se nos hace cada vez más evidente y más claro de que nada ni nadie ahí afuera nos salva, ni siquiera nuestra cada vez más obsoleta, encogida y sin sentido, ‘zona de confort’. Todo el contenido de nuestra ‘mochila mental’, se nos está yendo al garete. Podemos cambiar de pareja, trabajo, terapeuta, casa, etc. y no sentir ninguna mejoría, aunque proceda hacerlo. Es que los cambios externos no nos solucionan nada si la desnuda verdad interior no es reconocida, aceptada y amada. Y cuánto cuesta llegar a ese auto reconocimiento interior… nos puede llevar toda la vida.

El detonante de esta reflexión fue un pensamiento de E. Tolle, que al mismo tiempo que sintonizaba con él, lo sentía un tanto contradictorio en relación con pautas y enfoques que al menos a mí me han llevado años incorporarlos y que incluso se han ido convirtiendo en herramientas ‘salvadoras’ de mi ‘mochila mental’, tanto que a menudo las he esgrimido como verdades de fe. Eckhart Tolle en dicha reflexión viene a decir que en el estado de cordura y coherencia con el Ser interior (estado de iluminación), “tú eres tú mismo: ‘tú’ y ‘tú mismo’ se funden en uno. No te juzgas, ni sientes pena por ti, ni te sientes orgulloso de ti, ni te quieres, ni te odias, etc. La división causada por la conciencia autorreflexiva queda sanada, la maldición desaparece. Ya no hay un ‘yo’ (ego) que tengas que proteger, defender o alimentar. Cuando estás iluminado, hay una relación que dejas de tener: la relación contigo mismo.” (E. Tolle, “Practicando el poder del Ahora”).

Cualquiera con cierta inquietud de crecimiento personal y espiritual se preguntaría: ¿Cómo hago yo ahora a renunciar a la relación conmigo misma? Llevo más de media vida hablándome, juzgándome, animándome… creyendo a través de la meditación, prácticas espirituales, etc. que hay que potenciar el convertirse en observador/a de sí. Maestros y maestras del Budismo Zen, como Adyashanti, o Pema Chödrön, por ejemplo, ponen de continuo el acento en el camino a seguir para convertirse en ese observador/a de la propia persona. Sacando una conclusión simplista, pareciera que lo de dejar de tener una relación con una misma, o uno mismo, que propone Tolle, estuviera en total contraposición con este tipo de enfoques tendentes a potenciar el estado de auto observación. Y nada más lejos de la realidad. Ambos enfoques son básicos en un camino de sanación y equilibrio. Y no son contradictorios, sino la misma cosa. Para mí el tema crucial es renunciar a esa conciencia autorreflexiva, controladora y castrante, que a lo largo de la vida ha ido engordando un ego sofocante que nos gobierna y mantiene continuamente a raya con todo: lo social, lo moral o lo políticamente correcto.

El viaje de nuestra vida es muchas veces una especie de “safari perdido”, luchando por controlar y domesticar sobre todo nuestras “fieras internas”. Las externas solo son un reflejo de las de adentro. Nuestras fieras internas conforman en sus múltiples facetas a nuestra niña, o nuestro niño interior, que hemos aprendido a reprimir, frustrar, castrar, acallar, etc. Nos han enseñado a creer que nacemos con muchas imperfecciones, que tenemos que aprender a pulirlas y a encorsetarnos, para convertirnos en personas socialmente ideales. Nos alejamos tanto de nuestra esencia, de esa espléndida energía con la que nacemos, que no se vuelve nada fácil retomar ese estado de dejarse ser. La identificación con ese yo socializado (el ego) está tan cristalizada dentro nuestro que no paramos de auto machacarnos, en continuo conflicto, con los esfuerzos de nuestro Ser interno por hacerse oír. Así pues las voces de nuestras fieras primigenias se van sofocando a lo largo de nuestro viaje vital. El sufrimiento estará entonces bien instalado en nuestra vida y también la enfermedad.

La realidad es muy simple, se enmarca en un par de coordenadas: Aquí y Ahora. La gran mayoría de las veces de nuestro estado de vigilia esos momentos presentes se nos escapan sin pena ni gloria. Cuantas veces oigo hablar a gente, y por supuesto me incluyo, cuyo discurso está mayormente en el pasado o en el futuro, con escasas referencias al preciso momento en el que está hablando. Referencias, por ejemplo, a cómo se siente en ese instante, cómo respira, cómo está su cuerpo, cómo percibe a la persona con la que habla, cómo percibe el espacio, etc., etc. Hay tanto a que prestarle atención en cada momento presente que realmente no habría cabida para enmarañarse tanto con el pasado y con el futuro. Nuestro ego se alimenta de historia con toda su problemática, por eso está a caballo siempre entre el pasado y el futuro. Pero tenemos una poderosa herramienta que nos ayuda a dejar de lado tanta historia condicionante para conducirnos en la vida de una forma más libre, fresca y espontánea: la intuición. Algo que, por supuesto, requiere de entrenamiento para despertarla, porque la tenemos bastante atrofiada, si no apagada.

La intuición, forma parte de lo que se conoce como poder personal. Y esto último no es otra cosa que la suma de los poderes que nos otorgan nuestros sentidos. Aquí nos conectamos de lleno pues con el tema de la Observación. Así que llegar a conducirnos libremente en la vida sin los filtros censurantes del ego, requiere de entrenarse en el rescate y desarrollo del poder de nuestros sentidos, que para eso los tenemos.Entrenarse en la observación sensorial es el punto de partida natural de este proceso estimulante que, momento a momento, deberá culminar en la capacidad de dejarse ser y actuar en coherencia con el propio sentir interno. Se trata, como es lógico, de una capacidad que se apoya en los sentidos, que son nuestros especialísimos vehículos de conexión con la vida, hacia dentro y hacia fuera. Es el método infalible para anclarnos en el presente.

Antes de comentar los sucesivos pasos que integran el proceso de observación, conviene detenerse un poco en un breve repaso de nuestros poderosos sentidos. Desde un punto de vista energético, los sentidos se encadenan y organizan de la siguiente forma: olfato -> oído -> gusto -> vista -> piel (tacto). Este último cierra el círculo y abre nuevos procesos volviendo a conectarse con el olfato (la flecha indica la dirección en la que fluye la energía). También hay que especificar que gusto y vista van muy de la mano y que dependiendo de si la situación es más receptiva (yin), que de manifestación externa (yang), predomine más uno de los dos. La comprensión de este funcionamiento energético sensitivo pone de manifiesto lo poco conscientes que somos del proceso cognitivo a nivel sensorial. En nuestra manera de conducirnos con nuestras acciones habitualmente nos apoyamos más en un sentido que en los otros. Por ejemplo, el sentido que más peso tiene en nuestra cultura es la vista. Más de un 80% aproximadamente de la información que manejamos en nuestra vida cotidiana se apoya en lo que nos “entra por los ojos” ¡y así nos va!... En la rueda energética sensorial la vista ocupa el 4º lugar. Es decir, que para que lo que entra y salga por los ojos tenga verdadero poder y eficacia, primero tendríamos que permitirnos ser sensitivamente conscientes de toda la información generada previamente por los sentidos anteriores. O bien, no ser necesariamente conscientes, pero asentarse en ese estado originario de dejarse fluir cada vez más como los animales, de forma natural con la realidad. Lo cierto es que habitualmente empezamos a construir la casa por el tejado. Y aun así, a pesar de apoyarnos tanto en la vista, vamos “dando palos de ciego”, nunca mejor dicho.

¿Cuál es la importancia de ese encadenamiento energético sensorial? Paso a exponerlo de forma breve y esquemática. – El olfato: es el receptor del alimento primordial: el aire y por tanto de la conexión básica con la vida. Tiene dos funciones: respirar y olfatear (cuantitativa y cualitativa). Respirar ya sabemos lo imprescindible que es. Y olfatear ¿para qué? Para encontrar el camino, para discernir lo que es bueno o no para mí en cada momento. Lo cual en el plano energético despierta la intuición. Y aquí tenemos que es el poder más primario y definitivo del ser humano. El olfato le pasa la energía a: - El oído: sentido alerta por excelencia, no se desconecta nunca (de ahí el usar despertadores). Dos funciones: oír y escuchar (cuantitativa y cualitativa). Aspecto cuantitativo: oír, guarda un registro general de todo. Pero a través del aspecto cualitativo: la escucha interior/exterior nos acercamos al poder energético de este sentido que es el del conocimiento y la comprensión. El oído pasa la energía a: - El gusto: alojado en la boca y es el que interviene en la recepción del alimento. También dos funciones: tragar y saborear (cuantitativa y cualitativa). Cuantitativa: tragar lo que nos echen. Pero a través de la cualitativa: aprendemos a saborear y disfrutar de la vida. De esta forma se despierta el singular poder del gusto que es el de la imaginación creativa. Es imposible crear algo significativo si no se está a gusto. Desde aquí la energía pasa a: - La vista: es la puerta de entrada y salida de nuestra relación con el espacio y sus contenidos. Dos funciones: mirar y ver (cuantitativa y cualitativa). Esta última, es la que nos brinda el enorme poder de la visualización, o sea, ver las cosas en su contexto, con su entramado de relaciones, o sea, ver más allá. En el plano físico, como en los animales, también nos permite el poderío de marcar nuestro “territorio”. Por último, éste nos lleva energéticamente a: - La piel (tacto): puerta de entrada y salida de nuestra conexión corporal con todo lo que nos rodea. Dos funciones: tocar y sentir (cuantitativa y cualitativa). La primera, cuantitativa. Y a través de la segunda (la cualitativa), desarrollamos el poder de la sensibilidad. Y éste es el soporte del aprendizaje físico y manifestación de nuestro mundo emocional. A través de él desarrollamos la capacidad de amar, también la de rechazar u odiar.

En definitiva, vivir de pleno en el presente sería algo muy sencillo: seguir la infalible guía natural de los sentidos. Primero atiende a tu respiración, al tiempo que olfateas el camino de lo que tienes por delante, lo que despierte tu intuición. Lo segundo escucha esa intuición en todas las direcciones, aunque de entrada no la comprendas. Como dice el refrán, “la experiencia es la madre de la ciencia” no al revés. Lo tercero y súper evidente es percibir si estás a gusto o no en esa situación. Estar a gusto y sin tensiones, es condición ineludible para que se despierte la imaginación creativa. Lo cuarto, de la mano de la imaginación es permitirte visualizar/imaginar a dónde te lleva todo esto, seguirlo, empujarlo y dejarte ver más allá. Por último, lo quinto es sentir la atracción, la sensibilidad y el afecto que todo eso te despierta y abrazarlo a través de las acciones del presente. Y así sucesivamente seguirán desencadenándose procesos sensitivos que nos conduzcan a nuevas acciones gratificantes ancladas al Presente. El otoño, por su parte, es energéticamente la estación ideal para aprender a percibir la intuición, que funciona más bien como una desnuda corazonada sin ningún tipo de explicaciones (teoría de la Incertidumbre) y dejarse fluir con las transformaciones que nos traiga.


 
 
 

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