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La vieja herida

  • 15 ago 2019
  • 6 Min. de lectura

De repente, aquella mañana del fin de semana previo a mi cumpleaños, en medio de mi ratito de asoleo en la azotea, empecé a sentir como una oleada emocional que me subía desde las tripas y explotaba en mi garganta en ganas de llorar. A renglón seguido sentí una sacudida, como si mi niña interior, un tanto olvidada en esta última etapa pero a quien identifico rápidamente, me recriminara viejas faltas de reconocimiento y rechazo. Me sopr,endía y un poco me costaba creérmelo, pero me dejaba bien claro que el tema que andaba viviendo desde el pasado noviembre hasta ahora, relacionado con mi vista, tenía que ver con esto.

“Tú lo que quieres es alguien que te saque las castañas de las brasas, alguien que te resuelva la vida”… Esta fue la primera frase que me vino mientras lloraba. Luego vinieron otras. Todas teñidas del dolor que, en su momento, me produjeron expresadas por personas muy importantes para mí en las distintas etapas de mi vida. Sí, duele cuando lo escuchas de personas a las que amas. Y más aun en la niñez, ahí es dolor y desconcierto. Por ejemplo, una de las expresadas por mi madre en relación conmigo era: “¡Mejor hubiera tenido un saco de papas que una hija como tú!”… Desde mi más tierna infancia frases rechazantes como ésta que te ninguneaban, me producían el efecto de intentar demostrar todo lo contrario, entrando en una actitud competitiva y comparativa con mis hermanos y hermana, a ver quién es el o la mejor. Eso al margen de lo que me hicieran sentir emocionalmente de decepción, rechazo, o traición.

A nivel terapeútico se dice que si algo te toca es que hay algo ahí en sintonía con lo que te toca. Y sí, tanto que me toca... Mi vida está jalonada de momentos en los que me he esforzado en querer rebatir con acciones y argumentos esa imagen ninguneante y negativa de mi que se me quedó incrustada desde siempre. Con el tiempo el resultado tuvo su parte buena: aprendí a ser independiente, a vivir sola, a enfrentar mis miedos cara a cara, etc. Pero la otra cara de esa moneda que pagaba por este aprendizaje, seguía permaneciéndome oculta, seguía alimentando mi lado oscuro, mi sombra… la de una autoestima baja de fondo, aunque como psicóloga social que soy anime de continuo a la gente a pasar a la acción, empoderándose. En fin, “no se enseña lo que se sabe sino lo que se quiere aprender", como decía un gran actor francés. Sin embargo, toda esa apertura y flexibilidad en el plano profesional, cuando entraba en juego en mi vida el devenir de las relaciones más íntimas, por ejemplo, podía saltar al poco tiempo el resorte crítico y exigente de los viejos resentimientos.

Con esa primera frase que me vino en la azotea, era como si mi niña interior me gritara en relación con esta última etapa de mi vida: “¡¿Hasta cuándo vas a esperar para decir lo que sientes?!”… El listado de frases y situaciones que me asaltaban venían a airear la muy vieja herida de rechazo y falta de reconocimiento que yo siempre, consciente o inconscientemente sobre todo de adulta, he tendido a ocultar bajo el bastante logrado cultivo de una imagen de persona cercana y considerada, además del de una persona resuelta, que no necesita nada de nadie más allá de los intercambios serviciales que pueda marcar la vida cotidiana. Como es lógico, desde la inocente infancia el magisterio de la vida te enseña a protegerte de las durezas, aunque paradójicamente con el tiempo se convierten más que nada en auto durezas infringidas por una misma. Esto es lo que aprendes a hacer a la perfección, desde aquellas viejas durezas de la niñez, donde la mayor parte de las veces te sentías invisible para tu familia, situaciones que te forzaban a ser adulta antes de tiempo, a callar lo que sentías y lo que deseabas para no desatar iras mayores. Al final acabas aprendiendo a preferir la clandestinidad y el ser invisible. En consecuencia, desde muy temprana edad fui carne de cañón del miedo en todas sus formas y matices, prefiriendo callar que manifestar lo que duele. Y en definitiva, instalada en el miedo, como a quien le duele es a mí, pues con mi pan me lo como… Pero sí, cuánta razón tiene mi niña interior: ¿cuándo le/me voy a dar el reconocimiento que se merece y que me merezco?... Lo que ella sigue reclamando es algo que no me lo puede dar nadie, ¡solo yo!

Es más, como tenemos bien incrustado un concepto lineal del tiempo, resulta que a lo largo de la vida adulta te llegas a creer la ilusión de que con los años ya has ido dejando muy atrás muchas cosas… Pues va a ser que no. Lo cierto es que, como dicen los Mayas, o como ha ido demostrando la Física Cuántica, el tiempo no es lineal sino circular. Volvemos a pasar por lo mismo una y mil veces. Y si cabe con el mismo dolor, hasta que no reconozcamos las emociones, sentimientos y vivencias enquistadas, que nos han llevado a instalarnos en actitudes, hábitos y resistencias enfermantes. Primero reconocerlo, para luego aceptarlo y finalmente liberarlo. Eso sí, es posible que en las sucesivas vueltas cíclicas pueda acontecer que nos pille con más conocimiento y con más conciencia. Y también, por “suerte evolutiva” si esa “madurez despierta” es buena, en cada nueva vuelta tal vez con mayor desapego, podamos ir quizás aflojándonos más, soltando y liberando todo el viejo sufrimiento, convertido tantas veces en enfermedad; donde tu cuerpo, como último recurso te fuerza, sí o sí, a soltar y liberar lo que ya te pide a gritos un cierre. Como dice el proverbio oriental: “lo que resistes persiste y lo que aceptas te transforma”.

A estas alturas del partido, cuando ya te has rendido, reconocido y asumido los secretos fantasmas que arrastras a través de todas las vueltas y ciclos de la vida, quizás el reto más simple y sencillo sea dejar ser lo que sea naturalmente visible, como la vida misma, y dejarte ser sin más, lo que sientes, lo que deseas, lo que sueñas… Le guste a quien le guste, y punto. Mientras la intención sea la de respetarse y dejarse ser, no la de dañar a nadie. Ya no hay nada que ocultar, ni que engordar de tan callada importancia, como para no dejarse ser libre, con transparencia y fluidez…

La verdad es que cuando pones la intención y te das permiso de cambiar de actitud, al empezar a liberarte de la mochila que cargas de continuo (aunque no la dejes del todo de golpe), comienzas también a darte cuenta de que puedo haber vivido situaciones muy terribles y dolorosas en el pasado pero si estoy aquí y asumo ahora mi poder y libertad interior, en rigor lo que importa ahora es lo que yo decido hacer con ese pasado, si lo suelto y libero, o me dejo seguir presa del pozo de negatividad. En realidad, casi podría decirse que nunca nadie nos hace nada porque en cualquier momento yo puedo elegir cambiar las cosas si cambio de actitud. Cada cual tiene dentro el poder de elegir ver las cosas desde otra perspectiva, por ejemplo, desde la mirada comprensiva y compasiva hacia sí y hacia toda la vida. Y si no lo quiero hacer por compasión hacia nadie, lo hago por amor y compasión hacia mí misma porque lo merezco y me quiero dar una buena vida y no cargar siempre con una mochila enfermante. Luego, como la vida se reconoce a sí misma en todo lo viviente, después vendrá de forma natural el amor y la compasión hacia todo lo externo.

Hay tantas cosas en mi vida que se han despertado, iluminado, o como le queramos llamar, a fuerza de encontrarme cada tanto en estas vueltas cíclicas, que tengo la plena certeza de que casi no hay que preocuparse de solucionar nada en la propia vida, solo hay que ocuparse de reconocer lo que sientes y vives, tomar consciencia e irlo liberando, según la vida te lo vaya poniendo en bandeja. En este sentido, por ejemplo, el volcarnos hacia fuera precipitadamente con la intención de controlar lo que nos pasa, o para encontrar la “receta mágica” en forzadas averiguaciones, terapias, tratamientos, dietas, ejercicios y un sinfín de cosas, lo único que hacen a menudo es despistarnos de nuestro centro, de nuestro Ser interno, lo cual acaba alimentando las obsesiones que seguirán llevándonos a sucesivas vueltas de tuerca, hasta que en una de éstas terminemos de rendirnos y en el silencio de todo, sentirnos con la suficiente lucidez (también le llaman iluminación), como para decir: “¡Ah… Solo era esto!…” Y felizmente le des el pasaporte; esa lección ya está aprendida. Y cuesta aprenderlo, claro que cuesta. En ello estamos. Sin embargo, es tan liberador soltar lo que no expresa ni engrandece el maravilloso ser que somos... que bien está lo que bien acaba, porque como decía aquel joven de aquella entrañable película hindú: "Al final todo acaba bien y si no acaba bien es que todavía no es el final..." Así que mientras, a ser felices en el presente, con amor y buen humor.


 
 
 

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