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Enseñanzas del otoño

  • 9 nov 2018
  • 6 Min. de lectura

REFLEXIONES SOBRE EL TAO DE LA SALUD (2ª Parte)

ENSEÑANZAS DEL OTOÑO

¡Qué placer para los sentidos es observar!...

Observar atentamente con apertura y sin juicios, es una suerte de contemplación. Son estados y momentos similares a los de la meditación donde te vas asomando a percibir lo que puede ser sentirse conscientemente en conexión con todo. Donde el poder de nuestra atención, valga decir el poder de nuestros sentidos, nos pueden ayudar a disolver las apariencias de separación entre quién observa y lo observado. Ahí se puede empezar a vislumbrar múltiples (o multidimensionales) estadios de conexión con toda la realidad dentro y fuera de nuestro aparente ser humano separado.

Haciendo honra a ese estado de conexión consciente con todo lo que integra nuestra existencia, comenzamos por observar la estación en la que estamos en estas latitudes: el otoño. Según el Tao de los Elementos, el otoño está regido por el elemento Metal/Mineral. La llegada del otoño marca el final de la época expansiva y productiva del año natural, gobernada por los Elementos Fuego y Tierra, que ha llegado a su apogeo con el final del verano. El otoño significa transformación, momento de terminar la cosecha del año, preparar la tierra y sembrar lo que se espera para el siguiente. La energía del otoño es tensa y cortante, avisa el comienzo del cierre de un ciclo. La energía expansiva y caliente del verano comienza a bajar hacia la tierra, la savia de los árboles baja también hacia la tierra y las hojas muertas caen al suelo. Se va abriendo paso la llegada de la energía fría, que propicia que todo se tense, se contraiga y se vaya retirando hacia el interior, preparando el tiempo del letargo invernal.

Una de las grandes paradojas de la vida humana es que el otoño natural no tiene nada que ver con lo que se plantean los seres humanos, sobre todo de nuestro “primer” mundo, cuando cada año llega esta estación. Hay sobre todo dos grandes paradigmas que gobiernan nuestros otoños actuales. Uno de ellos, cada vez más predominante por su modelo económico, es el paradigma del eterno turismo. Si en un pasado no tan lejano, el turismo venía marcado por el descanso vacacional en el momento más caluroso del año, ahora ese modelo se tiende a implantar todo el año. Cualquier momento es bueno para viajar y hacer turismo. Lo que implica que las condiciones ambientales, exceptuando el turismo de esquí o de montaña, sean casi las mismas que las condiciones de un eterno verano, o como poco de primavera.

Desde luego, cuando más se notan las resistencias a dejarse vivir en conexión consciente con la Naturaleza es cuando llega el otoño. Por ejemplo, en nuestras latitudes una de las cosas de las que más tiende la gente a quejarse es de que oscurece pronto. Vamos que si unas cuantas de estas personas pudieran tal vez instalarían pantallas solares en el espacio para que hubiera luz solar casi las 24 horas del día. Esta costumbre en parte ha sido generada por los gobiernos europeos al meternos en una falacia de vida acelerada, con el adelanto de una hora en primavera, que en el caso de España son dos horas, teniendo en cuenta la que nos quitó el Dictador Franco durante la Segunda Guerra Mundial para igualar el horario de España con el de Alemania y que todavía, a pesar de la ley de Memoria Histórica, este tema pendiente parece que no hay “memoria” que lo recuerde... Este cambio de hora en primavera en España nos obliga a vivir durante 7 meses al año en una locura de jet-lag, fuera de nuestros ritmos circadianos naturales, con un acelere de vida y con unos niveles de stress muy bien conocidos por el sistema sanitario. Cuando finalmente en la última semana de octubre nos devuelven una de las 2 horas que España va por delante del horario de nuestro meridiano en verano, la gente sobre todo joven, dice que no le gusta porque se oscurece antes, mientras que la gente mayor, la infancia y la gente consciente sobre todo, que viven más acorde con los ritmos de la luz solar, experimentamos un gran alivio al poder relajarnos un poco y entrar en ritmos de horarios más naturales, que nos permiten acercarnos más a la realidad tan transformadora de la estación otoñal, con su propuesta natural de relajarse, recogerse y descansar. Equilibrio transformador que hace tanta falta en una sociedad tan exteriorizada como la nuestra, tan yang en términos taoistas...

El otro paradigma, que fue haciéndose cada vez más vigente desde la revolución industrial hasta nuestros días, es el que relaciona la llegada del otoño con el comienzo de la actividad desenfrenada. Algo totalmente opuesto a lo que realmente marca el otoño. Mucha gente en todos los estadios sociales: escolar, laboral, político, etc., lo ve y lo piensa de esta manera, como el comienzo de todas las actividades. En nuestro mundo urbano a casi nadie se le ocurre pensar que precisamente el otoño sea el momento de bajar el ritmo, recogerse, descansar, viajar hacia adentro, pasear eso sí, sintiendo ese aire transformador del otoño entre seco y cortante… Sentarse a observar los cambios en toda la Naturaleza, en las personas y percibirlos en el propio cuerpo. Y sí, lo que no podremos negar es cómo se nota que estamos en otoño porque la característica de su energía que es esa tensión cortante está de sobra presente en la gente que no sabe que toda la Naturaleza y el propio cuerpo están avisando precisamente con esa tensión de parar y aflojar. Hay mucha gente que castiga su cuerpo y enferma porque no entiende la aparente bajada de vitalidad otoñal, y se fuerza a seguir al mismo ritmo, por ejemplo, en gimnasios y apuntándose a un sinfín de actividades. Todo antes que bajar el ritmo y permitirse un viaje interior, coherente con la estación, transformador y renovador.

¿Por qué ir contracorriente con lo natural? ¿Por qué iniciamos ciclos cuando toda la Naturaleza te indica lo contrario? ¿Por qué no nos escuchamos y preguntamos a nuestro cuerpo? Los días se van acortando de luz y las noches se hacen progresivamente más largas, eso es un aviso. El cuerpo necesita también ‘alargarse’, destensarse, aflojar, soltar, dejar ir… ahora no toca la activación externa. Nos hemos acostumbrado a creer que el cuerpo es como una criatura malcriada que en cuanto no le das caña se desmorona, engorda, envejece y que luego no lo podemos “recuperar”, nada más contrario a la realidad.

“Los biólogos saben que en invierno nos cansamos más, que somos más vulnerables, sensibles a los virus, a las enfermedades. En invierno, nuestro organismo necesita reposo. No disponemos de todos nuestros medios. Una parte de las fuerzas está ocupada en reparar, en curar. El resto no está disponible para ir al exterior”. (Thérèse Bertherat, “Las estaciones del cuerpo”). Se han realizado y realizan muy documentados estudios en el campo de la cronobiología (disciplina que estudia los ritmos de nuestro cuerpo), donde se llega a la conclusión que nuestro cuerpo cambia de continuo, en todos los planos: actividad eléctrica, fluir energético por los meridianos (cada 2 horas), actividad bioquímica, etc. Hay cambios en nuestro cuerpo según las horas del día, según los meses, según las estaciones, según los años… Esas variaciones podríamos decir que son cíclicas, pero no repeticiones, pues los momentos con sus experiencias son únicos, aunque marcados por el predominio de cada Elemento cuando le toque y su relación de equilibrio con los restantes.

La etapa más larga de la historia humana no es la de la revolución industrial en adelante. Cito de nuevo a Thérèse Bertherat, “De hecho, el cuerpo está regulado para otra vida, para la vida de antes, la vida del campo. Está regulado como el tiempo en que las ciudades no existían (…) Las células no tienen en cuenta lo que para ellas es una novedad, un objeto de moda, por así decirlo. Las células funcionan de acuerdo con ritmos (naturales) que están regulados desde hace más de un millar de siglos. Una buena parte de ese tiempo, nuestros ancestros la pasaron en los campos. En verano, se activaban al sol, para las cosechas. Terminado el verano, sembraban, y en invierno se retiraban a un abrigo, descansaban.” Lo cierto es que podemos crear y cambiar materialmente muchas cosas en nuestro mundo humano inventado, pero no podemos cambiar la información registrada en nuestras células, en nuestro ADN, sincronizadas con Gaia, nuestra Madre Tierra.

Concluyendo, una de las enseñanzas más importantes del otoño es la “vía del desapego”. Ir a favor de ella intencionadamente es la actitud más saludable, o lo que es lo mismo hablando en términos cuánticos, transitar la Teoría de la Incertidumbre. Disfrutemos del otoño y sus enseñanzas… relajadamente.


 
 
 

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