Teatro y Espiritualidad 3ª Parte (“¡Usted necesita terapia teatral urgente!”)
- 8 sept 2017
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Durante una época de mi vida estuve en terapia con una terapeuta muy cañera. Ella, después de escucharme a menudo la misma cantinela, adornada con distintos matices según los momentos, me miraba y me preguntaba acerca de qué pensaba hacer al respecto. Al tratar de responderle volvía a enredarme con la obsesiva cantinela como para explicarle, echando balones fuera, que tenía muy pocas o ninguna salida. Entonces ella con expresión fría e inmutable me miraba y me decía de forma contundente: “Pues… ¡jódete, para que aprendas!”
Lo más aleccionador de estas sesiones para mí, no era precisamente escuchar lo reiterado de esa expresión contundente y altisonante casi cada vez que iba. La verdadera convulsión se gestaba en mi interior cuando me preguntaba previamente acerca de lo que pensaba hacer en relación a lo que le contaba. En ese momento, aunque por inercia, volviera a mi consabida cantinela, se me desplegaban dos focos de atención delante de mí: 1) escucharme a mi misma de nuevo en la exagerada falsedad de la puesta en escena de mi discurso (cuando estamos en terapia las resistencias nos llevan a magnificarlo más todo), cosa que solo la simple pregunta de mi terapeuta me lo empezaba a tirar por tierra, y 2) la pregunta me empujaba a la acción, me obligaba a indagar otras posibilidades distintas de las planteadas en el discurso obsoleto. En ese instante la pregunta era como el anuncio de un movimiento sísmico interior que me expulsaba de mi “zona de confort de sufriente víctima”. Aunque me escuchara diciendo otra vez lo mismo, ya no me sonaba igual. Excuso decir que por último la guinda era esa expresión altisonante, que se me quedó grabada para siempre. Es de ese tipo de expresiones que usadas como espejo te clavan con una claridad diamantina. Y sí, la verdad, me he auto jodido mucho. Y sí, también he aprendido y sigo aprendiendo mucho. Al parecer con frecuencia necesitamos pasarlo muy mal reiteradamente, antes de rendirnos y permitirnos darnos cuenta de que la vida es lo que cada cual hace con ella; que es nuestra responsabilidad cómo queremos vivirla cuando la tenemos entre las manos, en el presente. Entiendo a mi terapeuta, y a cualquier terapeuta que no le guste generar dependencias a las terapias, respecto al hecho de que se vuelve cansino la escucha de las repetitivas cantinelas acerca de historias pretéritas llenas de argumentación exculpabilizante y victimista sobre cómo nos enseñaron que tenía que ser la vida y cómo nos amedrentaron si nos salíamos de sus cánones normativos, o sea, lo mal que nos iba a ir y lo mal que nos lo pasaríamos. Lo cierto es que por activa o por pasiva, siempre nos lo hemos pasado mal, siguiendo o no los cánones...
¿Por qué saco a colación esta anécdota en este contexto? Muy sencillo. Si sentimos estancamiento en nuestras vidas, con el consiguiente cansancio y estado depresivo, si nos la pasamos mareando obsesivamente la perdiz sobre un mismo tema casi siempre, si desconocemos fórmulas liberadoras y nuevos caminos que nos amplíen el horizonte de nuestra vida, si desconocemos además nuestro propio poder personal y las capacidades que nos habitan y no sabemos tampoco cómo llevarlas a la práctica, pues ciertamente nos han educado de tal forma que desconozcamos todo esto y además vivamos dependientes siempre de instancias externas; si esto es así, entonces… “¡Usted necesita terapia teatral urgente!”, como dice una buena amiga y colega. Digamos, en otro orden de cosas, que definitivamente lo que a mí me faltó en aquellas sesiones con mi terapeuta para completar el “feed back” en la práctica, fueron unas buenas sesiones de terapia teatral que me empujaran a pasar a la acción ensayando la posibilidad de nuevos roles y situaciones en mi vida, creo sin lugar a dudas que me habría ahorrado muchas sesiones.
Pues bien, este es uno de los maravillosos puentes que tiende el teatro entre la persona que nos creemos que somos, la que realmente sale en la práctica y la que puja dentro nuestro para que la dejen salir a la superficie. Tal vez haya algo de romanticismo en las manifestaciones que versamos las personas que amamos el teatro, pero secundo de pleno la opinión de John Hogdson y Ernst Richards (en su libro Improvisación) cuando afirman que “las cualidades imprescindibles para la óptima actuación (teatral, etc.) son también aquéllas que se requieren para una plenitud de vida”. Y esa plenitud de vida encierra un alto índice de componentes espirituales que bien potenciados, conjugados y experimentados convierten la vida de cualquier persona en una manifestación creativa del arte de vivir en plenitud. Eso no se improvisa, hay que pasar a la acción, hay que experimentarlo, para que se pueda incorporar. No hay un punto de llegada de una vez por todas a esa plenitud de vida. Esto conlleva reinventarse cada día, según nuestras particulares intenciones, convirtiéndolas en acciones. Y para aprender a actuar… no hay otra: el Teatro es el gran maestro. De hecho, desde la más tierna infancia, es lo que hacemos habitualmente: aprendemos por imitación.
Aunque sea tarde en el tiempo desde una óptica social el reconocimiento de lo que aporta el Teatro, cada vez va siendo más notorio a muchos niveles que los métodos de aprendizaje teatral contribuyen a despertar actitudes positivas en las personas, potencian y desarrollan habilidades personales y sociales, además de las propias aptitudes. Cuando nos adentramos en el aprendizaje teatral, a menudo -y más pronto que tarde- se comprueba el notable efecto beneficioso sobre la calidad de vida de muchas de las personas que participan de este tipo de aprendizaje. Stanislavski, por ejemplo, en su libro Preparación del actor, decía de su método de trabajo actoral que no era ni un traje que ponerse, ni un libro, ni una receta, sino “toda una forma de vida”, que había que experimentar para conocer su verdadero alcance.
Recuerdo, viviendo en Madrid, el caso de una de mis alumnas de teatro. Comenzó participando en un curso de tres meses, organizado por la Junta de Distrito de Ciudad Lineal, del Ayuntamiento de Madrid. Era una mujer joven, muy tímida, desconfiada, de aspecto a menudo bastante oscuro y desaliñado, además de muy impuntual. Cuando la conocí, la impresión que me dio fue de una persona inestable y dudé de que aguantara los tres meses, dos días a la semana. Una vez, llegó bastante tarde, absolutamente desencajada, con olor a bebida, y diciendo, de una forma bastante incoherente, que se tenía que ir pronto porque su madre estaba enferma y que a lo mejor no vendría durante algunos días. Decididamente pensé que no volvería más. Pero volvió. Y a pesar de sus altibajos siguió hasta el final. Y continuó además con otros cursos posteriores de profundización, participando incluso en algún que otro montaje teatral. Continué manteniendo contacto con ella bastante tiempo después de aquellos talleres y pude seguir siendo testigo de su profundo cambio. Se había convertido en una persona centrada, abierta y cercana, de aspecto muy agradable. Irradiando decisión y propósito. No creo que solo el teatro lo haya hecho todo en este cambio, pero sí supuso unos cimientos básicos importantes y sólidos sobre los que pudo ‘reinventarse’. Ella lo explica así, con sus propias palabras:
“Tenía una vaga noción de mi cuerpo por hechos triviales: torcerme un tobillo, hacer un esfuerzo, quemarme con el cigarrillo… Y eso se debía a la costumbre de usarlo automáticamente. De repente, descubro (a los 28 años) que respiro, que tengo piernas y las puedo mover y siento mis brazos y el tacto al tocar… Empezaba a sentir mi cuerpo ligado a mi mente, ambos colaborando para que las sensaciones, los sentimientos fueran más intensos y la vida no fuera una simple maleta.
“… El hecho de tener que penetrar en la psicología de personajes ajenos a mí me obligaba un poco a ‘hacerme a un lado’ para poder ser ese personaje. Tenía por tanto, la posibilidad de mirarme a mí misma desde fuera, con cierta objetividad y reconocerme de otra manera. Lo malo quedaba tan a la vista como lo bueno y ya no podía excusarme de lo primero ni agrandar lo segundo, sino que la visión que adquirí de mí era más real y me ayudó a superar dependencias mentales y de las otras: a quererme y a vivir.”
De hecho valores diríamos que absolutamente “espirituales” y que hoy día son considerados como positivos y muy encomiables, tales como la libertad, la sensibilidad, la escucha, la asertividad, la confianza, el desarrollo de la capacidad de expresión y de comprensión, así como la posibilidad de acceder al entrenamiento en un amplio conocimiento de sí y de la realidad, son cosas que se cultivan y están en la base de un buen aprendizaje teatral. Del mismo modo, por contrapartida, esa misma formación potencia la habilidad de aprender a ir neutralizando, restando importancia y relativizando los aspectos negativos, fatalistas y destructivos que nos apresan y condicionan en el día a día. Se trata de un potente entrenamiento en la autoestima y auto aceptación incondicional.
Mucho más reciente en el tiempo es la opinión de otra alumna de mediana edad que afirmaba: “Quisiera añadir las tres palabras mágicas que me abrieron el camino a la libertad en mi vida, y que me enseñó mi profesora de teatro y amiga, estas son: "sé tú misma". Pocas palabras pueden hacer que cambien la vida de las personas, pero estas tres, aseguro que sí lo hacen”. Esta potente y duradera inyección de autoestima se traduce en un vivirse desde una continua y creciente sensación de libertad. Así continúa esta alumna: “Cuando entré por vez primera en un taller de teatro hubo "algo" que me sedujo y que me ancló al teatro durante lo que ha sido el resto de mi vida desde ese instante. A partir de ahí he estado en diferentes grupos y/o colectivos humanos y en todos he crecido y he forjado lazos de amistad y de enorme empatía emocional. Desde ese momento mágico han transcurrido ya ocho años y si tuviera que definir lo que me han aportado estos ocho años de vida y teatro, diría que me han hecho libre o, al menos, más libre que antes. El último curso que realicé fue de Teatro Social y Comunitario y gracias a él, y a todas y cada una de las personas que lo vivieron conmigo, hoy soy mucho más libre en mi día a día y en el escenario”. Tengo en mi haber muchas valoraciones de este estilo, que voy recogiendo en mis talleres. Muchas de las opiniones coinciden con ese valor tan esencial y tan central, el de experimentar la libertad que a mí, por ejemplo, fue el que me hizo gritar ¡EUREKA!, cuando empecé a conocer lo que entraña el aprendizaje teatral, como digo en el segundo de estos artículos.
En honor a la verdad, si somos reconocedores/as de la gran aportación del teatro a la vida humana, es un desperdicio encasillar el Teatro en algo así como en un tipo de formación ocupacional, del grado que sea, con el solo ánimo, por ejemplo, de acceder a una profesión rentable y/o al negocio del espectáculo. Al margen de lo poco fiable que ese exclusivo enfoque posiblemente limiten y condicionen mucho la vivencia del potencial humanístico que la aventura del teatro encierra y acabe generando actores y actrices que transitan a menudo sus actuaciones de forma puramente mecánicas, efectistas y a menudo exageradas, que para nada llegan, ni entretienen a ningún público. Como digo es una pena tanto desperdicio formativo actoral, pero no, no vamos a hablar de eso aquí.
Volvamos a retomar ese valor tan importante y básico de la libertad. Ésta no existe suelta flotando en el aire y a ver si conseguimos pillarla. Es un valor básico, vital, y no solo humano también animal, a menudo vemos cómo animales en cautiverio enferman y mueren. Pero descubrir la verdadera dimensión de sentirse libre en un mundo humano tan sofisticado e imbuido de tanta “cultura del simulacro” (J. Baudrillard), no es fácil. La libertad es un estado, ‘una consecuencia de’, va de la mano de una clara actitud intencionada y un claro propósito de vida. La libertad sería como el DNI, la carta de presentación, del permitirse ser una/o misma/o. Lo mismo sucede en el mundo animal. El propósito de vida de un animal es vivir conforme a su naturaleza y cuando esto no se da, el animal no es libre por mucho simulacro que se le monte alrededor. En nuestro mundo humano, lo cierto es que cuesta bastante encontrar gente con ese DNI. Gente que tenga tan claro el dejarse vivir en todo momento conforme a su propia naturaleza y rezumando propósito de vida. Que le apasione lo que hace y se vuelque en ello con toda su intención. La gran mayoría de las opiniones que he recogido en todos estos años hacen referencia precisamente a este estado de liberación y centramiento que les ha propiciado el aprendizaje teatral, más a que les haya solucionado la vida económicamente, por ejemplo, que por ende también puede tener y tiene sus repercusiones positivas en este sentido.
El gran valor de este tipo de entrenamiento radica, como vamos viendo, en el hecho de tener presente al individuo completo, buscando el funcionamiento armónico, equilibrado y coherente de cuerpo, mente y emociones, desde la libre elección de permitirse ser quienes son. Lo cual no es sinónimo de que se vayan a eliminar las situaciones de vida dolorosas y/o conflictivas de cada cual. Pero sí van a descubrir, despertar habilidades y disponer además de un marco donde es posible “ensayar” de alguna manera todas esas circunstancias, poniéndose a prueba, entrenándose en habilidades personales y sociales para la búsqueda de respuestas libres, vivas y orgánicas, a las posibles situaciones del día a día.
Desde una óptica social actual, y con más razón que nunca, este tratamiento que del individuo hace el trabajo teatral, permite la valoración de esta herramienta como una eficaz aliada cara a objetivos de acción social, por ejemplo, que contemplen el trabajo con las personas de forma íntegra y su inserción comunitaria. De sobra, todo el mundo ha sufrido las consecuencias de vivir en una sociedad fragmentada y compartimentada como la nuestra, con lemas de vida tan obsoletos y dañinos, como el famoso “divide y vencerás”, o “quien quiere celeste que le cueste”, o “piensa mal y acertarás”, así entre otros muchos. Una sociedad que exige, sin contrapartida, el mantenimiento y control de esa visión de vida desintegradora para mantener vigente este sistema social tan irracional, como injusto y caduco. En enfermedades tan en auge actualmente, como el Alzheimer, se comprueba, cada vez más claramente, la relación de esta enfermedad con esa gran presión mental que sufren las personas que se sienten incapaces de relativizar y de enfrentar la realidad tal como es. La gran verdad es que no sabemos hasta qué punto todo tiene que ver con todo… La onda dañina y expansiva del sistema hay que contrarrestarla con mayores dosis de libertad y autonomía.
En nuestro mundo humano la gente lucha demasiado para mantener el tipo, sin saberse sobre terreno seguro, entre otras cosas porque nuestra capacidad intuitiva suele estar bastante atrofiada, o cuando menos embotada, por el bombardeo continuo de los medios de comunicación de masas. La percepción interior de nuestro ser además está tan dividida, tan llena de grietas, de lagunas inexplicables, que con frecuencia nos sentimos en una continua lucha, no sabemos por dónde tirar, o cómo actuar. Ya en su día, Herbert Marcuse, avisaba del enorme peligro de convertirnos en autómatas, en falsos seres “unidimensionales”, movidos por los hilos entretejidos de un poder social oculto, difícil de identificar a simple vista, porque aparece innombrable y tremendamente dividido. ¿Quién es responsable de qué en nuestra sociedad?... Las personas, espejos contribuyentes de la sociedad, consciente o inconscientemente, acusamos también recibo no solo exteriormente sino también interiormente de ese modelo de división, con todo lo que acarrea: tensiones, ansiedad, pasividad, miedo, agresividad…
El teatro, como posible gran “desvelador”, tanto del juego social como de las intenciones personales, se ofrece hoy día como una vía óptima de recuperación de ese “centro vital” de la persona, de ese núcleo espiritual de integridad y coherencia, directamente relacionado con esa plenitud de vida que hablábamos al principio. Esta efectividad avala al Teatro también en muchos terrenos digamos extra teatrales, para entendernos. Sobre todo en el de la enseñanza, la psicoterapia, el trabajo social y la animación sociocultural. En el próximo artículo de esta serie entraremos más en detalle en lo relacionado con esos valores y objetivos de vida que potencia el aprendizaje teatral.
Para ver artículos anteriores y otras publicaciones:
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