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Teatro y Espiritualidad (2ª Parte)

  • 11 ago 2017
  • 12 Min. de lectura

Ahora viene la pregunta: ¿qué es lo que quiero conseguir hablando de Teatro y Espiritualidad?... Vaya por delante lo que no quiero. No pretendo crear un manual ético para actrices y actores. Tampoco pretendo necesariamente acercar más el conocimiento del Teatro oficial, o Teatro de sala, a todo el mundo. Aunque de alguna manera, igual pueda darse también, tanto lo uno como lo otro, pero no en primera instancia.

Como “una imagen vale más que mil palabras”, parafraseando el refrán diría “un ejemplo vale más que mil argumentaciones”, pues empezaré yo la primera por compartir mi experiencia.

De pequeña nunca tuve en mi bastante limitado horizonte infantil nada que me atrajera particularmente. Nunca dije la famosa frasecita: “De mayor quiero ser…” De adolescente quise ser misionera, o monja, como muchas de nosotras en nuestra época, en mi caso más con un toque justiciero y guerrero, a lo Juana de Arco. Digamos que de una forma u otra, lo que sí fui notando en mí era la tendencia de ayudar, por una parte y también la de sanar, por la otra. De joven “intenté” estudiar enfermería, pero suspendí y lo dejé (¡por suerte para mí!). En mi también limitado horizonte juvenil no veía por donde encarrilar mis dos emergentes tendencias: ayudar y sanar. Con el tiempo todo se iría aclarando, hasta los pequeños detalles, como que en el lugar de la ‘y’ griega iba mejor una ‘a’…

A los 28 años, viviendo en Madrid -adonde me fui con 20 años- y recién terminados mis estudios de sociología, a través de una gran amiga y actriz me decido a participar en un curso de formación actoral, no sin cierta resistencia ya que con la sociología había ido afianzando en mí una cierta imagen de seriedad racional, responsable y comprometida, que no se me casaba para nada con la idea que yo tenía del teatro, el mundo de la farándula. Este dato es muy importante. Al igual que yo tanta gente sigue pensando hoy día en el teatro como en el mundo de la farándula, o del espectáculo, algo muy lejano a la persona de a pie, que ni por lo más remoto se plantea subirse a un escenario. Como mucho, si cuadra, en las fiestas del pueblo a lo mejor haciendo un poco de teatro costumbrista.

Desde la primera sesión de aquel primer curso yo salí gritando interiormente ¡EUREKA!... y deseando arrodillarme delante de mi amiga y besarle los pies por haberme llevado casi de la mano a experimentar aquel descubrimiento. Me pregunté por activa y por pasiva dónde estaba yo, en qué mundo vivía, cómo era posible que no lo hubiera descubierto antes… ¡era la horma de mi zapato! Pero también entendiendo, a renglón seguido, gracias al bien asumido raciocinio del método sociológico, cómo el sistema social se encarga de ocultar y soterrar las realidades que puedan entrañar cambios importantes para la persona. En todo caso, las presentan desvirtuando todo su potencial y así encarrilarte en los derroteros que la sociedad quiere para ti, procurando que no te despistes con mariposas de colores -valga decir con cosas que te alimenten el alma- o que si lo haces las pongas en el cajón de los hobbies, o cosas secundarias, encajadas y explicadas como tales… Incluso la “señora sociología” tampoco fue para mí algo que como mujer me vino regalado, por ejemplo. No. Fue algo que descubrí, como yo digo, “a golpe de estornudo”, al poco de llegar a Madrid y me lo fijé como meta. Fueron años (de 1972 al 78) de trabajar y estudiar como loca. Y agradecer humildemente la ayuda siempre generosa de mi primera pareja.

Para una persona con tanta inquietud de crecimiento espiritual como yo, empezar a descubrir todo lo que encierra realmente el término teatro -y me cito a mí misma en el Prólogo de mi libro “Teatro para la vida”- “fue algo así como descubrir la senda de la ansiada libertad. Y no solo referida al compromiso humano con la vida social, sino que el teatro se me reveló como el espacio síntesis de todas las posibilidades de manifestación artística (creativa), lo que le daba a mi espíritu una libertad mucho más completa en la exploración de un territorio tan inagotable como es el de la vida humana”. A raíz de mi primer encuentro con el amor de mi vida: el teatro, siempre me cuestioné cómo algo que encierra un tesoro de conocimientos y un método de enfocarse en la vida aprovechando al máximo todo tu potencial humano, puede en términos generales permanecer tan escondido, por una parte, y presentado tan ‘técnica y trivialmente’, por otra. Algo así como que no quepa duda de que es específico para quienes quieran y sientan ‘vocación’ de subirse a las tablas. Aun así mayoritariamente las escuelas de arte dramático dejan mucho que desear a la hora de contagiar y transmitir la dimensión espiritual del teatro, centradas como están más que nada en el conocimiento y experimentación de aspectos técnicos.

¿Qué es teatro? Si lanzáramos al aire esta pregunta, la mayoría de las respuestas, en un primer momento, consistirían posiblemente en algunas de esas imágenes estereotípicas que tenemos en relación con este concepto: un determinado espacio, una representación escénica, una profesión… Sobre todo, se identifica “teatro” con el negocio del espectáculo escénico y así nos hemos acostumbrado a verlo.

Si esto es lo que pensamos del teatro ¿qué mueve, entonces, a la gente que quiere participar hoy día – ¡por suerte!- en un taller de teatro? La mayor parte de las respuestas suelen girar en torno a que no se van a dedicar al teatro, que lo hacen para desinhibirse un poco, vencer la timidez, aprender a expresarse en público… por último, probablemente esgrimirían la necesidad de encontrarse y hacer algo con la gente del barrio, por ejemplo. También podríamos obtener respuestas como la que en una ocasión me dio un ama de casa y costurera de un barrio obrero de Madrid: “Hago teatro porque sobre un escenario puedo hacer y decir todo lo que no puedo en la vida normal de cada día.” Pero estas respuestas más elaboradas casi siempre son a posteriori, una vez experimentada un poco la aventura que conlleva el aprendizaje teatral.

Ha sido a pie de calle, a través de una experiencia pedagógica teatral de muchos años y muy variopinta, con todo tipo de grupos humanos, donde se me fue gestando una visión y comprensión del tema totalmente nueva, que a la vez me ha ido respondiendo un poco a mi pregunta inicial de por qué se ‘secretea’ tanto el potencial que encierra la experiencia teatral, como algo reservado a un grupo selecto de iniciados/as. Desde luego, acabas riéndote de ese secretismo técnico y académico con que se rodean las escuelas de arte dramático, como para marcar las diferencias con la profana plebe. En mis grupos de trabajo, tengo que reconocer con humildad, que la primera en aprender siempre he sido yo, lo que me ha hecho enarbolar en mi trabajo pedagógico la máxima de mi admirado actor y pedagogo, Jacques Lecoq: “Uno no enseña lo que sabe, sino lo que quiere aprender”... Una tiene que dejarse ser un alma libre y abierta, eso sí con muchas horas de entrenamiento y un amplio bagaje de experimentación porque “improvisar no se improvisa” y de esta expresión tan teatral saben mucho también las personas deportistas de élite y de la soledad del entrenamiento de fondo para ser capaz luego de un ‘improvisado’ éxito. Llegar de verdad a la gente, de igual a igual solo con ese bagaje de mayor experiencia, nos obliga a alimentar de continuo una actitud de apertura, de escucha, de aprendizaje, con el consiguiente esfuerzo de traducción, adaptación y experimentación de los propios presupuestos formativos (con sus éxitos y fracasos) a la realidad e intereses de cada grupo humano. Una vez tras otra, me ha ido asombrando la singularidad que cada persona y grupo aporta de manera espontánea y refrescante a la experiencia dramática y al juego teatral. Aun cuando el aprendizaje siempre conlleve mucho de desmonte y descodificación de viejos esquemas y condicionantes mentales paralizantes.

Conviene, antes de seguir adelante, aclarar conceptos y definir algunas características básicas del hecho teatral, que nunca se aclaran lo suficiente. En este sentido, hay que saber distinguir entre dos conceptos altamente emparentados: teatro y drama. Una cosa es el teatro como forma de arte, y otra, el drama. En la cultura anglosajona, estos dos términos se prestan menos a confusión que en la cultura de los países latinos. De hecho, teatro en el Reino Unido, por ejemplo, es básicamente el espacio físico de los espectáculos: la sala de teatro, mientras que quien enseña teatro se denomina “drama teacher”. Queda claro que engloban dentro del concepto drama todo lo que tiene que ver con el trabajo de creación teatral. En nuestra cultura latina hay que matizar más porque el término teatro se suele usar de comodín para significar varias cosas. Mientras que el de drama es mucho más restringido en nuestro uso cotidiano, cargado a menudo de connotaciones similares a la tragedia.

Resulta útil sobre todo esclarecer lo que significa drama. Este es un elemento consustancial a la naturaleza humana, que hace referencia a esa lucha por la vida de cada ser terrenal (incluido el ser humano). Es la dialéctica vital del conflicto, las fuerzas en pugna, la lucha de opuestos. Esto es algo que existe de por sí en la Naturaleza y como es lógico tiene su razón de ser. Sin embargo, es el ojo (y por supuesto, el corazón humano) el que convierte las situaciones de la vida en drama y las vive como tal. En suma, puede equipararse a lo que en la actualidad se conoce como “inteligencia emocional”. Esta dramática en el mundo humano, también tiene su razón de ser, sino nuestro modo de vida tal como lo conocemos no existiría. El drama es lo que impregna de “inteligencia emocional” esa capacidad de expresión y comunicación humanas, es por lo demás fuente de imaginación, de creatividad, de trasformación… más o menos socialmente cultivada o reprimida. Y es, por mi parte, en lo que me vengo enfocando y reivindicando como una necesidad humana a satisfacer, desarrollar y saber aprovechar.

La verdad es que toda creación artística y cultural, es expresión de ese cúmulo emocional (drama) que alimenta el alma y una conciencia colectiva humana. Pero si hay una forma de arte más íntegramente humana que las otras, ésta es el teatro. En él confluyen tanto el objetivo como el medio, la ‘herramienta’ de trabajo, en el propio ser humano. El teatro existe porque existe el drama que se vive como conflicto; éste desnuda todas las caras de ese emotivo componente. Es quizá el teatro, con la peculiaridad de sus técnicas, quien mejor puede contribuir a devolver al ser humano algo que es patrimonio suyo: su capacidad de acción y expresión dramáticas y, por ende, su capacidad de gestión emocional y así ayudar a promover un desarrollo íntegro de la persona y de las colectividades. Afirmar esto, quiere decir también que el teatro está hecho a la medida, a “la horma del zapato”, de cualquier grupo y desde el enfoque que se le quiera dar. Puede ser utilizado perfectamente como “opio del pueblo”, o como arma revolucionaria, en el otro extremo.

Retomando nuevamente el binomio Teatro y Espiritualidad, cabría preguntarse acerca de qué es pues lo que está en el origen mismo del teatro. La respuesta es clara y universal. El componente más diferenciador y el que lo convierte precisamente en la raíz misma del fenómeno teatral es ese drama intangible del alma humana, del que hablamos antes, convertido en suceso, en acontecimiento objetivado; por así decirlo. Aquí topamos de nuevo con ese componente espiritual presente en el hecho teatral desde sus orígenes.

El teatro es un fenómeno social tan antiguo como la humanidad misma. En cada época ha sido vida viva y barómetro expresivo de situaciones sociales. Su existencia abarca desde la pantomima de caza en los pueblos primitivos, hasta la enorme diversidad de formas teatrales coexistentes en la actualidad. Y, desde luego, no se puede decir que algunas de estas formas actuales sean tan nuevas que no puedan tener referencia en épocas pretéritas.

Si reflexionamos sobre lo que acabamos de plantear referente al drama, vemos que ya desde la Grecia clásica nos llega el sistema aristotélico, con un detallado estudio del drama donde nos encontramos ante dos niveles de análisis: uno objetivo, o sea, el conflicto humano propiamente dicho, lo que sería el "nivel trágico", y otro subjetivo, referido a la vivencia personal del drama, que sería el "nivel patético". Según este esquema, los orígenes del hecho teatral se justifican claramente desde ambos niveles y enlazan con ese aspecto anímico o espiritual subyacente al tema.

Para comprender mejor la importancia de este dato y poder encuadrarlo en sus justas coordenadas, es necesario conocer cuál es el proceso de construcción de la realidad societaria, tan condicionante y determinante de la vida humana. O lo que es lo mismo, cómo llegamos los seres humanos a crear nuestro mundo: la cultura y la sociedad.

El ser humano, al nacer, es un organismo inacabado, a diferencia de las otras especies de mamíferos, que nacen ya con sus instintos muy especializados. Los animales por lo general tienen un universo propio, casi totalmente determinado por la estructura de sus instintos; poseen hasta su propia localización geográfica y ecológica. No se reproducen indiscriminadamente en cualquier sitio. Hay un mundo del oso, del león, de las águilas, de los peces, etc., aunque hoy día con la domesticación, la vida en los zoológicos, algunas especies van demostrando que también son capaces de adaptarse y generar comportamientos insólitos. Por su parte, el ser humano al nacer, no tiene ese “mundo propio”. Puede darse su nacimiento en cualquier parte del planeta y ninguna zona es específicamente la suya. Su programación imperfecta es paradójicamente motor de otras “perfecciones”, como la inteligencia. Su baja especialización sensorial le arroja ante un mundo abierto cuyas características fundamentales son la inestabilidad e inseguridad intrínsecas.

Pero la “sólida apariencia” de la cultura no se hace de una vez por todas. Es más, sus condiciones son siempre precarias y sujetas a cambios. El propósito humano fundamental, se trata de la búsqueda continua de unas estructuras firmes que produzcan y reproduzcan indiscutible y automáticamente la cultura y la vida en sociedad. De manera que ésta, con sus propias leyes, se convierta en algo tan “objetivo” que parezca indestructible, casi como la Naturaleza, capaz incluso, de resistirse contra quienes la produjeron. Pero esa objetividad aparente no es la única característica funcional de la cultura. Hay otra función importantísima: es la de ser el instrumento fundamental de integración y engranaje de los individuos en su supuesto mundo humano: la cultura está ahí para todo el mundo, para ser aprehendida e interiorizada y que todos/as sepan vivir conforme a ella.

Es así como se origina, materialmente hablando, la segunda naturaleza física del ser humano: la sociedad. Ésta es un producto de la cultura (aunque no el único) pero al mismo tiempo condición para que la cultura se produzca y se reproduzca de continuo. La realidad objetiva de la sociedad, queda demostrada por la capacidad que tiene, por un lado, de imponerse: dirige, controla, sanciona, premia, castiga e incluso destruye al individuo, o lo coloca en un pedestal; y, por otro lado, tiene también la capacidad de otorgar realidad: nombre, ciudadanía, estado civil, profesión. No tener documentación es sinónimo de no existir, ser ilegal, sin derechos, susceptible de reclusión.

La última etapa en la construcción de la realidad humana -esto a modo de entendernos pues todas estas etapas se dan simultáneamente- es el proceso de socialización, mediante el cual los individuos de nuevas generaciones llegan, como decíamos más arriba, a aprehender e interiorizar la conciencia de ese supuesto mundo objetivo: la cultura. Lo que a su vez determinará la estructura de la propia identidad y conciencia individual. Sin embargo, el sujeto no es algo pasivo o inerte, sino que es –incluso desde la infancia– coproductor de esa realidad ya sea para continuar dando su conformidad con la cultura asimilada, o para cambiar, o redefinir nuevas situaciones. Este es, en síntesis, desde un punto de vista antropológico, el proceso de construcción de la realidad social, por lo que se refiere al mecanismo de forma, es decir, de cómo funciona. Pero ahora pasemos revista al contenido de la cultura.

Hay dos fenómenos límites a los que sociedad y cultura se ven obligadas a dar respuesta convincente de continuo: el sexo y la muerte (Eros y Tanatos). Evidentemente hay más cosas en el contenido de la cultura, pero estos dos fenómenos límites son los ejes principales en torno a los cuales gira casi todo lo demás. El sexo y la muerte son los dos fantasmas que pesan sobre la humanidad desde sus orígenes. Y es aquí donde hace su entrada significativa en la cultura el contenido religioso, pretendiendo dar una respuesta más o menos convincente a estos dos fenómenos que trascienden el control material de una sociedad. La religión, desde el principio, ha tratado de encuadrar al sexo y a la muerte en el marco de una visión global del Universo llena de sentido, ya sea amplia o restringida. Definiendo las cosas misteriosas como sagradas e intocables (tabúes) y lo contrario, como lo profano y el caos.

Sin embargo, el ser humano no aprende la lección de una vez por todas, sino que olvida fácilmente. Hoy ocurre una desgracia y al poco tiempo ya la hemos olvidado, cosa que también nos ayuda a seguir viviendo. Sin embargo, socialmente se hace necesario repetir las cosas una y otra vez de forma periódica, para que la sociedad recuerde la lección y no derive en un caos desmadrado sin objetivos, que acabe destruyéndola, o que la cultura vaya perdiendo sentido. De aquí deriva el nacimiento de uno de los hechos más antiguos y más importantes de la historia humana: La institución de recordatorios, alegres o terroríficos, con la finalidad de mantener viva la conciencia colectiva. El ritual religioso periódico fue el instrumento crucial de tales recordatorios: recuerdan nombres, fechas y hechos de los dioses, y de seres humanos ejemplares, etc. Es aquí precisamente donde nos encontramos con las RAÍCES ESPIRITUALES DEL TEATRO. De aquí manan las fuerzas fundamentales que, desde los orígenes, acababan envolviendo y subyugando a toda una colectividad y convirtiendo a algún individuo en “médium”. Elevándolo por encima de la tribu y de sí mismo para explicar la realidad y tratar de dominarla, coligando o “religando” a la colectividad, de ahí la palabra “religión”.

Desvelar todo esto quizás ayude a comprender cada vez más que nacer en un mundo humano significa aprender a hacer teatro desde la infancia hasta la madurez, toda la vida. Aprender a mejorar y pulir una y otra vez la interpretación de tus mejores “papeles”, los más pegados a tu piel y a tu alma, los que más te has ido creyendo… Sin embargo, aprender también a observarte y prestarte atención; y tomar la decisión cada tanto de liberarte de esos viejos “roles” que ya puede que no estén a tu altura actual, de cambiarlos ¡si quieres! Y experimentar con tantos otros dormidos, o reprimidos, en el fondo de tu ser… que te ayuden a aproximarte a ese horizonte de infinitas posibilidades que palpita dentro de ti… Y si necesitas ayuda, permitirte acercarte a un curso o taller de teatro, jugar a reinventarte, a experimentarte de otras maneras, por ejemplo…


 
 
 

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