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Teatro y Espiritualidad (1ª Parte)

  • 6 ago 2017
  • 5 Min. de lectura

(Cuadro de Cecile Dumoulin)

A estas alturas del partido, como se suele decir, quienes hemos hecho del Teatro nuestro “estilo de vida”, de sobra sabemos aunque no se confiese abiertamente que todo buen teatro que se precie de tal es una radiografía del alma, o de las almas, humanas, en el sentido que sea. La verdadera destreza de ese buen teatro siempre será pues la capacidad y habilidad para dibujar esas almas, con todos sus conflictos, sin filtrarlos a través de juicios y prejuicios, en la medida de lo posible. Esto es “espiritualidad” en estado puro. En el teatro más que en cualquier otra arte se desvela la lucha, el conflicto, entre creencias, valores éticos y morales, frente al devenir de las circunstancias que envuelven cada vida individual y/o colectivamente. Lo paradójico, siendo una de las artes que más resuma espiritualidad, es que en el pasado haya podido ser tachado y estigmatizado de demoníaco. Está claro que cuando se hace el ejercicio moral de mostrar la realidad sin filtros, o al menos sin disimular el propio filtro, el teatro puede ser muy temible, como secularmente lo ha sido. Los poderes fácticos que antaño generaron y propiciaron el mantenimiento del estigma social del teatro, siempre han sabido de alguna manera acerca del poder revelador y liberador que encierra el teatro. Cuando se juega más allá de todo a desnudar el alma y mostrarla con todas sus grandezas, miserias y debilidades, esto es de una espiritualidad tan contundente que quienes son artífices y guardianes del inamovible sistema social saben que el teatro es mejor presentarlo y usarlo como divertimento y negocio del espectáculo, antes que desvelar todo su potencial de empoderamiento, a todos los niveles. Hoy día y desde hace muchos años, la gran contienda frente al teatro es la manera oficial de vendernos su profesionalización y comercialización, al más puro estilo industrial. Una cuidada forma, por supuesto, en apariencia carente y nada sospechosa de tintes de espiritualidad.

Es momento pues de confesarlo abiertamente, en el teatro de la vida para mí lo mismo que para los/as grandes maestros y maestras, teatro y espiritualidad son las dos caras de la misma moneda. Cito al gran Jerzy Grotowski en su “Declaración de Principios”, escrito para uso interno del Teatro Laboratorio, especialmente para quienes estaban en período de pruebas, antes de su admisión.

“El ritmo de la vida en la civilización moderna se caracteriza por: agitación, tensión, una cierta sensación de ruina, un deseo de ocultar nuestros motivos personales y la plena asunción de una múltiple variedad vital en personajes y máscaras diferentes (en la familia, el trabajo, entre amistades, o en la vida comunitaria, etc.). Nos gusta ser ‘científicos’; con esto queremos decir discursivos y cerebrales, en la medida que esta actitud viene dictada por el desarrollo de la civilización. Pero también nos interesa pagar tributo a nuestra composición biológica, lo que podríamos llamar placeres fisiológicos. No queremos limitaciones en este ámbito. Y en consecuencia jugamos un doble juego de intelecto e instinto, pensamiento y emoción; pretendemos dividirnos artificialmente en cuerpo y alma. Cuando tratamos de liberarnos de esto empezamos a gritar y patalear, damos saltos convulsos al ritmo de la música. En nuestra búsqueda de liberación alcanzamos el caos biológico. Sufrimos horriblemente por una supuesta pérdida de la totalidad, disolviéndonos, desparramando los elementos que nos constituyen…” Y continúa en su Declaración de Principios diciendo que el trabajo teatral ofrece la oportunidad de tender ‘puentes’ entre el alma y el cuerpo, propiciando una integración que nos permita prescindir de las máscaras, poniendo de relieve “la verdadera esencia: una totalidad de reacciones físicas y mentales integradas. (…) Aquí observaremos la función terapéutica del teatro para la gente, en nuestra civilización actual.”

Si cabe, esto es lo más importante y determinante: sentir la conexión consciente con esa verdadera esencia interior (espiritualidad), más que todas las formas que jugamos a través de todas nuestras máscaras y de todos los roles que podamos interpretar en el teatro de nuestras vidas. Sin embargo, aunque el refugio y la liberación vengan siempre de la mano de la conexión interna, no voy a equivocarme acentuando importancias de una cosa sobre la otra, es necesario para crear integrar ambas. En nuestra puesta en escena humana, son las dos caras de la misma moneda. Luz y sombra: espiritualidad y teatro. La vida humana depende de un equilibrado maridaje entre ambas. Ninguna es más importante que la otra, pero hay que saber identificarlas. A menudo llegamos a creer que nuestro papel, o papeles principales, los que mejor interpretamos y más trabajados tenemos en el día a día, vienen a ser como nuestra parte de luz y que la esencia interior tan ignorada y desconocida, es nuestra sombra. Lo cierto es que es al revés. El Ego (o personaje) que tanto nos creemos suele ser mayormente la parte sombría y limitante que de continuo nos trampea impidiendo que la luz de la esencia interior, que tanto puja por salir a la superficie y mostrarse, se quede casi siempre oculta como quien coloca una vela encendida debajo de una mesa, y aun así se puede ver un poco de luz… Tenemos las máscaras y vestimentas de nuestros personajes egóticos tan empastados a nuestra piel que nos pensamos como esos “alguienes”… que con demasiada frecuencia tienen muy poco o nada que ver con nuestro Ser Interno. Insisto, hay que ayudarse a equilibrar la balanza si queremos ser personas creativas y por descontado tener una vida gratificante.

Esto es radicalmente así y es lo que me ha llevado a descubrir, a través de un viaje teatral de 40 años, la necesidad de tender puentes en mi trabajo como pedagoga teatral, que permita a las personas, buceando a través de lo externo aproximarse al auto descubrimiento de su esencia interna silenciada, que no deja de ser una energía o conciencia de sí espiritual, más o menos despierta, según las personas.

Retomando a Grotoswki: “Debemos tender entonces a descubrir la experiencia de la verdad sobre nosotros; arrancar las máscaras detrás de las que nos escondemos diariamente. Vemos el teatro –sobre todo en su dimensión palpable, carnal- como un lugar de provocación (…). El teatro solo tiene un sentido: empujarnos a trascender nuestra visión estereotipada, nuestros sentimientos convencionales, nuestros hábitos, nuestros baremos standards de juicio, no por el mero hecho de destruir todo esto, sino principalmente para que podamos experimentar lo real”. Precisamente en permitirse experimentar la realidad radica la apertura hacia lo creativo. Y sigue Grotowski: “Tras prescindir de nuestras cotidianas huidas, nuestros cotidianos fingimientos, en un estado de total desvalimiento, quitarnos los velos, darnos, descubrirnos a nosotros mismos. Por este camino –a través del ‘shock’, a través del temblor que facilita nuestra liberación de máscaras y amaneramientos- estamos en disposición, sin esconder nada, de entregarnos a algo que no tiene nombre pero en donde viven Eros y Charitas”. Y como las acciones humanas -que implican la esencia misma de la profesión actoral- de una forma u otra, cambian todo lo que tocan por la intención que las mueve, el actor y la actriz que son en parte creador, modelo y creación, sintetizados en la misma persona, se convertirán también por activa y por pasiva en sujeto y objeto de su propia creación: “nos revelan y purifican mientras trascendemos de nosotros mismos. Y entonces puede decirse que nos hacemos mejores.” (Grotowski). De ahí que la gente de la profesión actoral viva siempre bajo la tentación que le enfrenta a dos alternativas extremas: “O bien puede vender, bochornosamente, su yo ‘encarnado’, haciendo de sí mismo un objeto de prostitución; o bien, por el contrario, puede darse a sí mismo, santificando su yo ‘encarnado’” (Grotowski). La sutileza de ese límite entre prostitución y santificación es una cuestión de actitud generosa y transparente, así que la ‘guinda’ la pone lo espiritual. No hay otra…


 
 
 

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