LUZ Y SOMBRA: dos caras de la misma moneda.
- 12 feb 2017
- 2 Min. de lectura

"Cada mañana llega y como un soplo el día se va..." Así reza la canción de Richard Cocciante y ahí me veo, en el atardecer de cada día juntando sensaciones que reclaman en su goteo de forma pegajosa algún hueco de sentido, una conexión explicativa del día. Algo así como para justificarme que he vivido y que el eslabón de este día tiene su razón de ser en el conjunto.
Inevitablemente la noche me sorprende a menudo con el impasible y fiero reloj decretando el final de las acciones y de los momentos... Es tarde... siempre se hace tarde. No hay tiempo de buscar el "broche de oro" que engrose de forma significativa el cómputo total del historial de mis días.
Sí, al final de cada día siempre quedan muchos flecos sueltos en mi historia... Imagino que se van quedando atrapados en una suerte de telarañas adheridas a los pliegues más ocultos de mi memoria, donde imágenes, palabras, sensaciones, emociones... son esos flecos engullidos por la telaraña y que destilan entre sus huecos, como en las viejas cañerías, eternas goteras de lo inacabado. En este mundo de mis sombras, que capean indomables a sus anchas cuando la luz del día se despide, confieso y admito que es otra historia... Admito que me sacude a menudo, que mis sombras -como las de cualquiera, quizás- tienen su momento caótico de libre albedrío en la noche, donde mi mente analítica tiene poco o nada que hacer, tan solo asistir como rendida observadora participante y sintiente.
Con el tiempo, te das cuenta que no hay nada qué hacer. Nada qué cambiar, ni nada a lo que tratar de darle sentido. La noche es la madre del día. En cada noche se sucede nuestra gestación, en su nocturno vientre oscuro. A través de sueño y descanso, nuestra mente subconsciente resetea todo sin mayor esfuerzo: exonerando, liberando, reparando y nutriendo el renovado ser que seremos al despertar cada mañana, donde la luz del día nos permitirá verlo ahora todo más claro. Esa perfecta combinación de ambas: LUZ Y SOMBRA, nos aportan el equilibrio, la necesaria dosis de iluminada creatividad entusiasta durante el día y de rendido desapego confiado y sin control, durante la noche.


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