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                                         Si  no te  gusta  arriesgar

               no  te aventures  con el  poder  de la  ACCIÓN

Abandona la esperanza, ya.

  • 15 jun 2016
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 10 ene 2020


Si algo me supone un reto al escribir en este tiempo es estar atenta a superar el “síndrome de la ballena varada”. Aquello de sentirte como un gran cetáceo dando sus últimas bocanadas, empantanado en cualquier playa, o costa perdida, de ésta nuestra tercera dimensión. Ese rumiar y regurgitar de continuo el empantanamiento y apaleamiento de esta estrecha vida costumbrista, pues como que no… Desde luego, no me apetece escribir sobre eso.


Pero estoy varadísima… Y me da que en estas circunstancias el reto es acercarse a las costas de la cuarta dimensión, las que vienen representadas sobre todo por el tiempo. Hay que dejárselas descubrir… no es fácil. Nuestra invención del tiempo lineal y cronológico no sirve más, se nos hace añicos. La maraña de vida tridimensional nos ha enseñado a vivenciar una idea controladora de tiempo ligado al espacio, como algo de un valor productivo incalculable, que no se puede perder, “el tiempo es oro”, decimos. De ahí esa estresante actitud de agarrarse férreamente al cumplimiento de horarios. De ello deriva también las continuas prisas para todo. Es una arraigada conducta social que se queda a menudo más en lo formal de cumplir, por ejemplo, un horario estipulado que en cumplimentar a fondo las acciones que requiera lo que se tenga entre manos. Esta manera de vivir el tiempo es un fraude y una tomadura de pelo. A menudo, usando una expresión de moda, es simple postureo…


El gran Einstein ya empezó a rompernos un poco los esquemas con aquello de la relatividad del tiempo, que nada tiene que ver con la idea social de tiempo de la que hablo más arriba, como unidad de medida: cuánto se tarda en hacer algo, en ir de aquí a allí, el horario de trabajo, de ocio, etc. El tiempo socialmente interiorizado es discontinuo, fragmentado, desintegrado… ¡es un puzzle que tenemos que armar! No es real, no es integrado y continuo como lo pueden vivir los animales y las plantas, por ejemplo. Es estresante, no sirve a ningún propósito de vida. Por el contrario, dejarse sentir la idea de que “el tiempo es arte”, como reza la filosofía Maya, ya le da al tiempo un sentido de integración, de creación, de celebración incluso… Es el arte de vivir y crear cada día, cada instante de nuestra vida con la intención y la atención puesta en el dejarse SER quienes somos, expresando nuestro propósito de vida, nuestro particular avatar, la belleza del gozo de vivir. Y dicho sea de paso, menudo aprendizaje supone este cambio de registro. ¡Cómo cuesta!... Y no hay vuelta de hoja. Si deseamos la liberación que supone un cambio de planteamiento de vida, mal que nos pese o nos duela, hay que estar a favor de que se vaya dando un proceso de darse cuenta (descodificación) de qué siento, deseo, etc. que sistemáticamente hemos negado y reprimido siguiendo el dictado de nuestra mente dual imbuida de todas esas creencias que nuestra realidad social humana nos ha hecho anclar mediante la socialización. Desde luego, no es fácil pero tampoco difícil. El quid de la cuestión es, nunca mejor dicho, ‘jugar’ a ver las cosas desde otra dimensión…


¿Cómo vivenciar el proceso? De una parte, no identificándose con ese almacén de creencias interiorizadas y asumir con voluntad la radical aceptación amorosa de quien somos, empujando y aumentando la actitud de fluir, soltar, liberar, desbloquear… con auto confianza y júbilo, todo tipo de condicionantes, ataduras, atascos, etc., sin seriedad, con humor inclusive. Y por otro lado, abrirnos al único momento vital disponible, el AHORA. Son las dos perfectas caras de la misma y única moneda de la vida.


Lo cierto es que gastamos tanta energía midiendo y queriendo controlar todo, que es inevitable la sensación de estancamiento y de pérdida de ese tiempo vital ‘tan preciado’, sin saber a menudo hacia dónde tirar… Días atrás, me arrastraba por las esquinas presa de ese envaramiento, sintiendo que “importantes” expectativas/ deseos/ propósitos… de mi vida madura (una tiene aún de fondo muchas creencias inútiles), se desmoronaban estrepitosamente delante de mí por enésima vez. Sí, aposentada en mi no necesariamente ideal zona de confort, pero sí en la que me he apoltronado, me dejo cada tanto conducir por aquella creencia socialmente heredada de que “una ya tiene una edad” para no sé qué cosas sí y no sé qué otras no... Porque, oiga, se supone que a estas alturas una tiene un status de señora digna y respetable… Y el guión dice que la historia tiene que ir a más, no a menos… ¡faltaría plus!


Cuando te percatas del tornado que te envuelve, te paras, respiras, y vas regresando a tu centro, a la cordura. Entonces viene el hacer la pausa y reflexionar. Al parecer nuestro ego no deja de rondar toda la vida trasnochadas ilusiones de lo que en un momento determinado se ancló en nuestro interior, inculcado en la socialización, como el ideal a conseguir en la vida, que se fijaron en nuestra memoria por las vivencias restrictivas y castrantes de amor o desamor desde la remota infancia. Entonces, como un eructo contenido, que emerge sonora y caprichosamente cada tanto te viene a recordar de que, al menos en el plano material, no se ha hecho realidad aún tu anhelo ideal (léase también restauración de lo que antaño nos faltó)... O sea, que el proyecto de tu vida sigue en la carpeta de "pendiente". Y nunca se realizará, no al menos como tu idealización esperaba, cosa por lo demás casi secretamente imperdonable. Te angustias y te inquietas, porque (aparece el tiempo cronológico en escena) “ya no eres una niña”... O sí. Tal vez no te has permitido darte cuenta que tu “niña/o interior” sigue reaccionando, buscando llamar tu atención y hasta que la persona adulta no se percate, todo se nos quedará siempre en poca cosa, nada podrá colmarnos nunca. Y el cóctel de la consiguiente química emocional crónica de la negación: rabia, tristeza, decepción, culpa, etc. volverá a campear nuevamente a sus anchas, manifestando la sintomatología oportuna en cada caso, tanto en el plano físico como en el anímico. No falla. Ahí está nuevamente reclamando atención.


Es esa parte oscura o “sombra” que, en mi caso, aprendió a vivirse desde la negación, el abandono, el desamor, la carencia, el sentimiento de incompleta, aferrándome a la esperanza de que alguien, en algún momento, se diera cuenta de lo injusto de lo que me sucedía, de lo que falta en mí, o en mi mundo… Así que en este “valle de lágrimas”, todas las historias que nos han contado siempre nos han enseñado: 1) a esperar y a depender de que alguien nos salve, con seguridad casi siempre más en “la otra vida” que en ésta. Y 2) luego está la imperdonable sensación de que, por esa misma razón, si no has conseguido la ansiada ‘salvación’ en esta vida es que no das la talla, que no eres digna/o, y hasta molestas, e incluso que estés de más, fuera de juego… En fin, esta es la doble fustigación que a menudo seguimos practicándonos: 1) por no ser la persona que esperaban de mí, y 2) por la frustración continua de sentirme que en realidad no vivo nunca conforme a mi verdadero sentir y deseo, o según mi sueño…


En esta búsqueda constante de aclaración personal, el entrenamiento en la observación es siempre la gran ayuda. Pero lo cierto es que hay que entrenarse mucho para aprender esa buena auto observación, sin juicios ni prejuicios, donde la autoestima y la auto aceptación son claves.


Así se empieza a percibir la propia parte luminosa y la parte oscura, con reconocimiento amoroso de ambas y de su contribución a nuestra existencia. Es esta parte oscura, que mucho tiene que ver con la niña/o interior, la que no te deja estar conforme con lo que no eres y está fuera de tu propósito de vida. Si hay alguien que te salva, esa es tu “sombra”. La llamo así: “mi salvadora”, porque está teñida del deseo de manifestarse, materializarse, salir a la luz, dejarse ser, por tanto tiene necesidad de tiempo vital que le permita que en algún momento pueda levantarse el velo de la dualidad y auto descubrirse. Lo más asombroso cuando esto ocurre es el caer en la cuenta de que somos seres completos desde el principio, que ya somos y siempre hemos sido nuestro ser ideal, sin necesidad de hacer nada. Solo he necesitado tiempo de gestación consciente. ¡Mira que cuesta, eh!

Descubrir esta sencilla y cuerda verdad es un gran respiro: no tenemos que hacer nada. Solo SER con lo que la vida me vaya poniendo delante en cada momento. Francamente esto es, no solo liberación plena, sino en otro orden de cosas el mejor programa revolucionario y de verdadera paz social. Sin embargo, como seres adictos a esa "esperanza" ligada al tiempo lineal que se supone hace falta para “mejorar”, lo que sea que pensemos que debemos ser y creemos que aún no hemos llegado a ser, impepinablemente sufrimos. En ese registro mental siempre algo va mal, o está incompleto. Y seguiremos sufriendo, sin aceptar que el dolor sencillamente es parte de la vida, sin más películas mentales fustigadoras, como que sufro por haber dado un paso en falso, haber pecado, o porque algo esté mal en mí, etc. La verdad es que no hay condiciones que me ponga la vida, solo me las creo yo. Mientras no nos desenganchemos de esta adicción a ESPERAR que en un futuro se cumplan nuestros ideales mentales, seguiremos sufriendo. Como sugiere Pema Chödrön, será cuestión de poner en la puerta del frigorífico un buen cartel que diga: “ABANDONA LA ESPERANZA YA”, en lugar de aquello de “Voy mejorando día a día”, por ejemplo, lo que implica que hay que esperar para el total de la mejoría...


Desde un pensamiento teísta es muy difícil abandonar la idea de esperanza, porque este mundo "es un valle de lágrimas” y la recompensa está en la otra vida. Sin embargo, lo cierto es que este tipo de esperanza engendra el miedo, como sentimiento de amenaza de posible pérdida también de ese futuro prometedor que conlleva. Esta también es otra moneda con sus dos caras. Mientras la una esté presente también lo está la otra. Esta tensión conflictiva es la raíz de nuestro dolor. Así no podemos relajarnos con lo que hay, sin más adjetivos. Con lo cual la esperanza y el miedo, ambos, nos roban lo más preciado de la vida: el momento presente y quién soy yo en él.


“En lugar de permitir que la negatividad se lleve lo mejor de nosotras/os, podemos reconocer que en este momento estamos por los suelos y no ser quisquillosos/as a la hora de echar un vistazo a lo que pasa. Es lo más compasivo y lo más valiente que podemos hacer. (…) Podemos abandonar la esperanza fundamental de que hay otro “yo” mejor dentro de cada cual que emergerá algún día.” (Pema Chödrön). No podemos huir continuamente de lo que sucede en cada momento, o hacer como si no estuviera, hay que encarar directamente a nuestros miedos y esperanzas: nuestras sombras. Entonces, surge una especie de confianza, que es una forma de esperar ligada al presente. Es una esperanza serena y confiada, llena de poder y seguridad en nuestro ser interno, en nuestra cordura fundamental, que nos reconcilia con el presente porque sabe que lo que es, está. Y cuando sea el tiempo oportuno se materializará esplendidamente.

 
 
 

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