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Disfruta de la vida, sin más...

  • 5 abr 2016
  • 5 Min. de lectura

Sucede a menudo en nuestras vidas, sobre todo en los países de nuestro ‘primer mundo’, que las personas podemos perder fácilmente el ‘norte’ y caer en una especie de laberinto mental. Situación que puede agrandarse día a día, hasta ponernos en un callejón sin salida. Es cierto que lo que recreamos en nuestra cotidianidad tiene que ver con nuestras memorias, con cosas que responden a veces a registros muy viejos… Rígidos esquemas mentales, hábitos, actitudes, etc. en su mayoría sólidamente instaurados en las personas a través del proceso de socialización, que se inició con la infancia y, por lo demás, no acaba nunca y la inercia tiende a reforzarlo. Este proceso de socialización es el origen de nuestro mundo de creencias y estructuras mentales que nos gobiernan habitualmente durante toda la vida.

En la edad adulta si la persona no ha hecho un adecuado ‘trabajo’ de toma de conciencia y autoconocimiento, de abrir su mente y su corazón al irse “pescando” en todo ese entramado de viejas creencias condicionantes, todo ello contribuirá entonces más que nunca a confusión, a conflictos tanto internos como externos y en definitiva a la enfermedad. Además esa sensación de ‘norte’ perdido tiene que ver lógicamente con la confrontación de esos valores y pautas de conducta aprehendidos desde la infancia que se nos han quedado obsoletos o pequeños y que chocan a menudo con la realidad adulta actual. En pocas palabras, la gran ‘razón’ estriba en seguir ancladas/os en el pasado, por activa o por pasiva, y proyectando ese anclaje hacia el futuro.

Dado que los únicos referentes que tenemos para conducirnos en la vida siempre son los del pasado, tal vez busquemos ese ‘norte’ perdido en tiempos pretéritos por lo que antaño pudo encerrar de seguridad y de sentirse a salvo, con lo cual si en algún momento vivimos la falacia de haber reencontrado “la tabla de salvación” pronto nos damos cuenta de que no existe, es pasado. Pero como el ser humano tiende a verse, vivirse y medirse desde esos referentes pretéritos, entonces se ancla en sus creencias de pertenencia o carencia de cosas y el supuesto poder que creemos que eso nos otorga, así que muchas personas acaban convirtiéndose en adictas imparables de búsqueda consumista de lo que sea…

La satisfacción, la felicidad, la alegría… esos estados positivos que se buscan y se anhela ya están como posibilidad dentro de cada persona. La búsqueda externa de esos estados no llegan nunca ni a la suela de los zapatos. Ante la aparente carencia de esos deseados estados anímicos positivos, por lógica de simple exclusión dual (lo que no es blanco es negro), nos instalamos en estados anímicos negativos: seriedad, enojo, depresión, ansiedad… Nuestra visión dualista del mundo y de las cosas se ha configurado tan sólidamente según los parámetros de lo que aprendimos a creer que si la verdad interior que alimento es, por ejemplo, que voy a morir de cáncer, o que nunca tendré riquezas, el poder de nuestra mente es tal que respalda fielmente nuestras creencias. Y así sucede.

Estamos rumiando de continuo las viejas pautas y creencias despertando de continuo en nuestro cuerpo la química de sensaciones, emociones o sentimientos que a menudo nada tienen que ver con el presente. Buscamos desesperadamente que esa realidad presente sea como aprendimos a verla y a vivirla en contextos que ya nada tienen que ver con los actuales. Por más que la realidad nos muestre en espejo más de lo mismo, nos cuesta dejarnos ser naturalmente y vivir la vida como un continuo donde todo tiene que ver con todo y cada cosa es la razón de todo.

Esa manifestación externa que entendemos por realidad es la que es. Y es muy compleja, porque todas las personas no estamos en la misma onda. La verdad es que aunque aparentemente sea duro es bueno darse cuenta de que ese ‘norte’ no existe. No al menos ahí afuera, en todo caso sí dentro de cada persona, como posibilidad de enfoque en equilibrio de nuestra vida. Lo que se cuece ahí fuera, el devenir de la vida, es lo que es y es un espejo de nuestra vida. Cómo imaginamos que lo vemos, pensamos, desearíamos o interpretamos… eso es otra historia.

Este desfase vital no es sólo una batalla con la realidad de ahí ‘afuera’, sino también con la de ‘adentro’. Donde primero que nada hacen mella nuestras creencias. Por eso cuesta tanto sentir/ descubrir ese silencioso ‘norte’ interior que nunca nos falla, que siempre está, entre la ensordecedora y rígida maraña de confusión interna que a menudo nos aqueja.

Para más ‘inri’, cuanto más nos obstinamos en que las cosas son, o tienen que ser y hacerse de una determinada manera, cuanto más vivimos la impotencia de creer que no podemos cambiar nuestras situaciones de vida, o cuanto más nos sentimos víctimas, salpicando de quejas culpabilizantes a todo nuestro entorno, o claudicamos depresivamente desde la frustración de no realizar nuestros sueños…

Tanto más no hacemos otra cosa que mantener el sólido enganche con nuestras creencias negativas y rutinas depresivas imparables. Todo depende de nuestra actitud de apertura a la realidad.

Hace falta ver claro. Y hace falta coraje para darse permiso de ver con claridad. La claridad interior es fundamental en el camino hacia cualquier meta: es nuestra luz, nuestro faro. “La claridad conduce al poder: al poder para actuar, que es la base de todo logro, satisfacción y felicidad en la vida.” (T. Harv Eker). Sin claridad, no somos capaces de comprometernos ni con nosotras/os mismos/as ni con nadie porque desconfiamos de todo, y de todo el mundo: no vemos claro. Sin embargo, la claridad y el poder de la acción son las dos caras de la misma moneda. O sea, que también a través de ejercitar la voluntad de implicarnos en la acción, aunque no veamos claro, podemos llegar a despertar y sentir la Luz interior

Así pues hay que llenarse de valor para encarar honestamente la propia vida con todo lo que hay en ella y darse el permiso para hacerla salir a la superficie de forma que podamos ver con claridad lo que realmente nos importa en cada momento presente.

“Una joven que coleccionaba autógrafos de personas famosas estaba en el aeropuerto esperando la salida de su avión cuando

vió una muchedumbre agolpada en torno a un hombrecillo vestido con una túnica blanca. Decidió acercarse para pedirle un

autógrafo pensando que tendría que ser un famoso. Preguntó y alguien le dijo que era Maharishi Mahesh Yogi, un gran santón

del Himalaya.

“Emocionada se abrió paso entre la gente y llegó hasta Maharishi y le pidió un autógrafo. Maharishi aceptó y cogió su lápiz y

papel, la miró directamente a los ojos y le dijo: “Te daré algo mucho más importante que mi firma”. Y en el trozo de papel

escribió sólo una palabra:

DISFRUTA

El propósito de la vida es ‘disfrutar’, cuando no lo hacemos nos estamos desviando del flujo natural de la vida y nos alejamos de nuestro verdadero propósito. Toda la Naturaleza, toda la vida, manifiesta siempre ese gozoso canto a la vida. Y es que aclararnos encontrando nuestro propósito de vida y vivir una existencia llena de disfrute y satisfacción son la misma cosa.


 
 
 

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