Grandes paradojas humanas
- 23 mar 2016
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Llegué unos minutos después de que mi madre expirará en brazos de mi hermana. Un ciego presentimiento me llevó a pasar por allí pero estaba claro que no tenía que llegar en el momento preciso de su último aliento. Mi tía y mi hermana corrían de un lado para el otro sin saber qué hacer, habían llamado al Servicio de Urgencia. En la habitación, sobre la cama, estaba el cuerpo casi desnudo e inerte de mi madre... Me quedé a solas delante de ella, perpleja, sin saber qué hacer. La agarré de las manos y de las muñecas, pero lo único que me atravesaba de arriba abajo era un tremendo sentimiento de impotencia. Dios mío... ¿cómo hago para detener el tiempo? Intentaba hacer algo... Buscaba alguna fórmula de urgencia en mi cabeza... Lo menos que se me ocurrió en sus últimos momentos fue aprovechar para hablarle, preguntarle qué quería ella, o simplemente para despedirme abrazándola. No me cabía en la cabeza que mi madre se fuera...
El Servicio de Urgencia llegó y desalojó la habitación. Ahí fue cuando reaccioné y me conecté mentalmente con mi madre. La animaba a tener coraje, a que no abandonara... Sentía que me escuchaba tranquila y en silencio. Digamos que la inquieta era yo. Después de unos escasos minutos que me parecieron eternos, sentí que me decía: “Estoy cansada”. Pero mamá… le repliqué sin pensar. Después, acto seguido, acepté: Sí mamá, estás cansada. Lo sé. Está bien, pensé. Me dejé estar, me rendí. ¡Se acabó! Abandoné como pude las torturas mentales y los esfuerzos inútiles y me ensimismé como una zombi en la realidad de aquel momento, como quien acaba de mutar inesperadamente de plano hacia el extraño y doloroso presente que se abría ante mí.
El tiempo / espacio de mi madre había llegado a su fin, y casi tan sin sentir para mí que no me quedaba más remedio que asumirlo así, sin más. ¿Cómo se puede morir tan simplemente? La mente se para. Solo hay vagos sentimientos y sensaciones a flor de piel: mucha desazón, descorazonamiento, desconfianza, miedo... ¡Ganas de salir corriendo! Hacia el pasado quizás…
Describir el tránsito por esta realidad de aquel 23 de octubre de 1997, es algo que a veces he sentido que me queda grande, bastante innombrable con nuestras limitadas palabras y hasta terrible, pero también algo tan natural y sencillo como la manera que tiene de manifestarse la propia vida, la Naturaleza. Lo cierto es que la partida de mi madre me sacudió de pies a cabeza. Fue un despertar doloroso y profundo, pero sin estridencias, maduro y conciliador con toda la vida / muerte. Marca necesariamente un antes y un después en mi existencia. Una vez más mi madre me daba a luz de nuevo con su entregada muerte. Y esta salida del útero materno era la definitiva.
La muerte. Lo que sucedió en aquella habitación de mi madre aquel día era tan humilde, sencillo y natural que resultaba difícil llamarlo “muerte” y sin embargo, sabías que ese es el nombre que le damos. Esa palabra tan cargada de significados apocalípticos, desgarradores, terribles, de pérdidas irreparables... Contra la que la sociedad se empeña en librar su última batalla, para controlarla, anticiparse a ella, con pretensiones a veces de retardarla y, si fuera el caso, erradicarla. ¡Qué gran paradoja! ¡Es la otra cara de la moneda de la existencia, que nos acompaña desde que nacemos! De hecho, cada día, cada instante, morimos a algo, morimos un poco más… Cerramos etapas que marcan transformaciones: muerte y renacimiento continuos. Un buen día sientes que ya has hecho todo lo que tenías que hacer, que están cerradas todas las etapas, que has cumplido el propósito de tu vida... o no, pero que no puedes más, que no encuentras salida ni motivación, y te marchas, consciente o inconscientemente te das el pasaporte, te marchas, con alegría y con paz en algunos casos, o con dolor, desgarro y sufrimiento, en otros, porque la idea mayoritaria que aprendimos de la muerte es que es una pérdida terrible de todo, no la de una natural transformación.
Qué distinta la muerte de mi madre, de la de mi padre acaecida cuando yo tenía 17 años. En aquel entonces la muerte fue como la había interiorizado de mi entorno: catastrófica, amenazante, castigadora, llena de culpas... De modo que la actual muerte de mi madre me desconcertaba, no tenía nada que ver con aquella otra visión. Siento que la muerte de mi madre me ha reconciliado con toda la vida. Es un movimiento más de la Naturaleza. Me ayuda a desdramatizarla, a desnudarla de adjetivos calificativos. Aquí me di cuenta de que los esquemas culturales de nuestra sociedad se desencajaban y se iban por tierra, ante lo sencillamente natural. Qué lejos estamos de nuestro origen. No percibimos, o nos da miedo percibir las señales de la vida y de la muerte. O sea, de los cambios. Es más, no queremos. Nos aferramos a los esquemas ideales aprehendidos, a las creencias, y no nos damos permiso de dejarnos fluir sencillamente con el devenir de las cosas. Gastamos enormes cantidades de energía en luchas, problemas inventados y preocupaciones que no nos conducen a nada. Al estilo de D. Quijote contra los molinos de viento.
En muchas ocasiones es esa prepotencia recalcitrante y soberbia de quien cree tener la razón. Otro buen número de ocasiones es esa pauta social compulsiva de que “hay que hacer algo”... Otras exageramos y esgrimimos la importancia de la propia opinión dramáticamente. Si esa actitud solo implica a la persona que la tiene pues como dice la expresión, “con su pan se lo coma”... pero cuando es una soberbia obstinada que cae sobre las demás personas, real o metafóricamente, como una bomba arrasadora, hay que apartarse de esa actitud, aislarla de nuestra atención, como se aísla a un perro rabioso. No gastar energía en ‘engordarla’. A menudo lo que se pretende con este tipo de actitud es eso precisamente: llamar la atención. La soberbia, de sabérselo todo, de estar por encima de todo… es una de las actitudes prepotentes más características de nuestra cultura occidental, la hemos interiorizado tanto que nos mantiene muy lejos de la simple, sencilla y humilde realidad.
A pesar de tanta información, de tanta cantidad de posibilidades tecnológicas y científicas a nuestro alcance, amén de la sofisticación y complejización del vivir humano a todos los niveles, la distancia de la realidad es cada vez mayor, somos si cabe más ignorantes, desde la prepotencia, además de dañinos/ as, instalándonos en esa falsa actitud prepotente de creerse con el poder y el dominio sobre la vida y la muerte. Y lo cierto es que cuanto más ahondamos en el conocimiento de la Realidad Universal (con mayúsculas) más asombradas/ os nos quedamos, más descubrimos la unidad intrínseca de todo, más místicas/ os nos volvemos y más aceptamos nuestra relativa posición y visión limitada en el conjunto de la Universalidad, tremendamente compleja y tremendamente unitaria, que nos envuelve y de la que formamos parte. De ahí es de donde viene la verdadera fuerza y poder personal, de la armonización y sintonía consciente con la Naturaleza, del dejarnos ser seres a favor conscientemente de esa unidad y en solidaridad con toda la vida en nuestro Planeta.
Mi madre, volviendo al hecho de su partida, consciente o inconscientemente, se preparó o se atrajo la muerte como ella la quería. Deseaba despedirse de esta vida habiéndose tomado por última vez su merienda preferida: chocolate o café con leche y churros, según el momento y esa fue su última merienda. Deseaba morir en su casa, en su cama y no en un frío hospital llena de cables y de tubos sometida a la tortura de no se sabe cuántas pruebas interminables para demostrar a menudo lo que ya se intuye, o intentar alargar su vida un poquito más a costa de sufrimientos. Y deseaba que incineraran su cuerpo y esparcir sus cenizas libremente sobre los pinos de los campos canarios, con buena vista sobre el eterno horizonte del mar... ¡Qué bello es morir así, satisfaciendo tus deseos y fundiéndote con toda la vida! Es una lección que empiezo a emular en mi pequeña muerte de cada día. Darme lo mejor, satisfacer todos los deseos de mi corazón, hasta que llegue el momento de la orgía fusionante con todos los elementos de nuestra Madre Naturaleza.
Antiguamente –y no tan lejos en el tiempo- las personas fallecían mayormente en sus casas y en sus camas, cosa de lo más propio y natural, y no morir en impersonales hospitales, que era considerado como algo que sólo podía ocurrirles a personas solitarias o carentes de familia, o que les sorprendiese la muerte por algún internamiento de gravedad. La muerte, en muchas culturas y también en la nuestra antiguamente, era algo natural, parte integrante de la realidad, tanto es así que se ayudaba a las personas a ‘un buen morir’, y en otras culturas es una fiesta, por ejemplo. Tampoco se requería antaño en nuestra cultura de ningún aparato o personas con facultad al respecto para confirmar necesariamente un óbito, cuanto menos que se tuviera que realizar una autopsia por haber muerto en la propia casa. Mi madre tuvo la osadía de morir en su propia cama, con lo cual tuvimos que buscarnos la manera de evitar que le practicaran una autopsia. Es como si no fueses dueña de tu vida y tanto la persona fallecida como la familia se convirtiesen en primera instancia en sospechosas de algún acto delictivo, hasta que se demuestre lo contrario. Bueno, puede darse y nuestra sociedad actual es caldo de cultivo de tanta desconfianza que deviene de lo más común. En la actualidad no se puede abandonar este plano de la existencia sin que oficialmente se determine y quede registrado que estás muerta y las “supuestas causas” de la muerte. La doble cara del control del Estado Nodriza, que para velar supuestamente por la seguridad y bienestar de las personas, tiene que controlarlo todo, o viceversa, para que las personas dependamos en cuerpo y alma de ese Estado.
La soledad. Asumimos este concepto en nuestra vida tal como nos lo han enseñado: una consecuencia de vernos como seres separados y aislados del resto de las cosas y de los otros seres que componen nuestro universo. Si observamos la Naturaleza dentro y fuera de nosotros/ as como la Unidad que es, vemos que lo que creemos como soledad es una exageración conceptual y falsa. La traducción en la práctica del pensarse y del vivirse así, produce stress y ansiedad. No es natural. La Naturaleza no ha concebido nada en aislado de la totalidad ni separado de nada. Sin embargo, la Naturaleza acusa recibo y deja ver en ella las consecuencias de esa forma separatista e inconexa de entender la vida, fomentada desde hace siglos en nuestra cultura. De esta suerte de profunda ignorancia e inconsciencia, como nada tiene que ver con nada, entonces depredamos sin parar, contaminamos, destruimos sin mesura, agotamos los recursos insaciablemente... Y es que ignoramos, o no entendemos, o en otros casos no queremos entender, en un alarde de soberbia impresionante... la realidad de la vida de la que formamos parte en estrecha dependencia y conexión; es una realidad de unión con todo lo viviente.
Nos cuesta entender que nuestro vivir cotidiano descentrado es lógica consecuencia del vivirse en esa desconexión. La primera desconexión, el primer aislamiento, es conmigo misma/ o y la segunda, es que si no se da la conexión interior no se da tampoco la externa, porque la realidad exterior es un espejo de nuestra propia vida. Nadie puede dar lo que no tiene o no sabe que tiene. Así que nos lanzamos vertiginosamente en una insaciable búsqueda exterior de lo que no somos capaces de descubrir en el centro de nosotras/ os mismos/ as... Y así nos va.
En este planeta (y en “este” Universo) la soledad individualista es una abstracción fomentada por nuestra cultura. Todo está intrínsicamente relacionado con todo. Si hay una realidad radicalmente aplastante es que no podemos aunque queramos sustraernos a ese todo unitario. Es falso verse y vivirse en solitario, por una parte, aceptando dramáticas y tajantes soledades o, por la otra, levantando irreales murallas para reafirmarse en la separación de todo, imaginando que nada nos toca, defendiendo falsos feudos como propios y que nada ni nadie tiene que ver conmigo, o viceversa, etc. La común actitud individualista de la soledad es la otra cara de la moneda de un sueño o representación social de libertad irreal, inmaduro y nada cuerdo, que es inexplicable sin su aparente complemento: la soledad. O sea, no hay libertad sin soledad. 1º) entendemos por soledad el aislamiento físico y 2º) por libertad el no “casarse” con nada ni nadie por una supuesta limitación en tu libre albedrío. Y la Realidad (con mayúsculas) querámosla o no, va por otros derroteros, solo hace falta dejarse fluir con nuestros sentidos bien abiertos hacia dentro y hacia fuera para centrarnos en ella. Aprendimos a creer en la exclusión oponente de los conceptos que el lenguaje nos presenta como “contrarios” y así nos va... Es fácil además anclarse en esa creencia porque es simplificante: lo blanco es blanco, lo negro es negro y punto, pero sabemos que no. Lo cierto es que la realidad natural es compleja sí, como la vida misma, pero natural y sencilla, es decir, al alcance, cercana. Con tantos siglos de colonización mental en una cultura de contrarios, cuesta permitirse descubrir/ conocer/ encontrar el equilibrio de la relación natural con todo lo viviente sin etiquetarlo de conflicto, al mismo tiempo que te dejas ser y sentir en lo que va surgiendo. Algo así como si yo me hago visible al otro/ a le daño, entonces supuestamente me aíslo para que la otra persona o yo no nos sintamos incómodas con nuestras respectivas maneras de ser.
En realidad, el verdadero problema no es la soledad. La verdadera enfermedad del alma actualmente es la incomunicación. ¡Qué gran paradoja! En una sociedad dominada por los medios de comunicación social y de masas, la cibernética, casi rompiendo con todos los condicionantes aislantes de tiempo y espacio y nos sentimos tremendamente solas/ os, aunque seguimos sin comprender tal vez que eso no es soledad, eso es incomunicación, y así nos va... buscamos entonces un rato de compañía, a lo mejor en clave de sexo, por esa necesidad imperiosa de unión (léase también comunión, comunicación) y nos quedamos al final peor que al principio, con una soledad/ incomunicación mayor.
Como una de mis facetas profesionales es el teatro puedo constatar más fácilmente hasta qué punto llega ese estado de incomunicación y aislamiento en las personas. Tal vez nuestra sociedad actual siente de fondo como una de sus necesidades más prioritarias la búsqueda de la comunicación y por lo tanto genera medios, formas, herramientas, de comunicación a ver si esto puede irnos enseñando lo que estamos demandando aprender, sin quedarnos solo en el simulacro y el postureo, porque para llegar a la verdadera comunicación, a la verdadera comunión, hay que desnudar el alma. Es necesario aprender a funcionar en la vida desde el corazón, que es el que marca la necesidad humana de amor, de unión y de equilibrio presentes siempre en la Naturaleza.


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